Las cosas necesarias / Notas de San Fabián de Alico


Jorge Muzam

Un grueso clavo en la tosca pared y vamos sumando lo indispensable. Era la forma usual de colgar las cosas de la vida cotidiana en las viejas cocinas de San Fabián de Alico. 

Ristras de ajo y ají. Una echona. Un chonchón. Muchas sogas. Guaches para atrapar conejos. La honda para espantar cachañas. Un choclo seco resguardando la semilla. La plancha a carbón. Alambres de distintos glosores. Hilos para coser sacos. Herraduras viejas para la suerte. Hierbas secas para las agüitas saludables del invierno. Tilo, manzanilla, pichi romero. Abundantes mixtos para el mate. Y también ataditos de palqui contra los brujos entrometidos.

Un clavo central, grueso y prestigioso, era el que sostenía la manta y la chupalla. No podía ser débil, porque una manta mojada por la lluvia pesa como un quintal.

Un clavo más central aún, embadurnado de afecto, sabiduría y calor de hogar, sostenía el delantal de la dueña de casa y el chamanto para resguardarse la espalda del frío.

A veces dos clavos unían esfuerzos de lado a lado sosteniendo el alambre donde se guardaban las cebollas para el invierno. 

Dos clavos distintos unían un nuevo alambre que como recta secante debía pasar sobre el fogón. Allí se ahumaba el cuero de chancho y la longaniza. 

A veces, colgada de un clavo oxidado, una destartalada radio a pilas acompañaba el anochecer con sentimentales rancheras.

Era el orden usual en las viejas cocinas del campo sanfabianino donde se vivía parte importante de cada día. Todas las cosas que se colgaban adquirían a las pocas semanas un tinte oscuro producido por la humareda del fogón. El humo era parte de la vida. Se comía en medio del humo. Se conversaba en medio del humo. Se recordaba en medio del humo. 

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Fotografía: Daniela Fuentes Candia

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