4 de noviembre de 2018

Se acerca diciembre / Crónicas de San Fabián


Jorge Muzam

Se acercaba diciembre y los días deparaban sorpresas. Especialmente los domingos. Mi casa daba al camino público y de puro curiosos estábamos atentos al tráfico de personas, carretas y vehículos. La jineteada, los piños de chivos, los perros cordilleranos que se ladraban con los nuestros. A veces veíamos pasar las camionetas de los gitanos. Siempre tan coloridas y desvencijadas. Los gitanos se instalaban en calle El Roble, tal como los circos y las ramadas dieciocheras. Todo sucedía allí. Incluso las carreras a la chilena, las apuestas, las peleas de curaos.

Particular interés despertaban en mi los buses y camiones que  traían estudiantes a su paseo de curso de fin de año. Gran parte de ellos iban al camping Las Luciérnagas. Comenzaban los 80. En ese tiempo solo le decíamos el camping, porque era el único que funcionaba como tal. Y en ese lugar el estero de piedras tenía un buen pozón al que le llamábamos La Puntilla. 

Por Maitenal se esparcían los scouts, y para la cordillera solo iban los valientes, pues el camino era un serio problema. Unos pocos iban al Amargo, que en ese tiempo era más caudaloso, no tenía casas colindantes y estaba rodeado de bosque. A la balsa llegaba menos gente. Quizá por lo lejos, o porque el camping era tan intensamente bello que bastaba a sanfabianinos y visitantes. A la laguna se la Plata se aventuraban muy pocos. La mayor parte de los pueblerinos, incluso los más pequeños, carecían del concepto de descanso o distracción, pues la vida campesina era tan demandante que había que trabajar todo el año. 

Esos buses y camiones con estudiantes traían la novedad. Cientos de chicos y chicas que disfrutaban de la belleza edénica del camping. Contemplábamos su alegría, su personalidad en los juegos, sus jockeys novedosos (los nuestros solían estar tan gastados y desteñidos por el trajín que nos avergonzaba usarlos en instancias como esa), los trajebaños y bikinis, la lozanía urbana, que contrastaba con nuestros rostros y brazos quemados por el sol, nuestras manos llenas de callos, las piernas con arañazos de zarzamora.

Íbamos de a dos o tres a pasear al camping. Buscábamos la excusa para concordar con esos paseantes. Una vez allá nos tirábamos un chapuzón y luego a secarnos en las piedras, como pequeños lobos marinos. Desde allí contemplábamos ese espectáculo nuevo y fugaz de los chicos foráneos. En ocasiones nos hacíamos los agrandados ostentando un cigarrillo que hacíamos durar con leves aspiradas que solo se quedaban en la boca, pues llevarlo a los pulmones nos provocaba un mareo incómodo.

Nuestros propios paseos de curso también solían ocurrir en ese lugar. Y eso era aun más entretenido, pues al andar muchos sacábamos personalidad de manada. Flirteábamos con compañeras y desconocidas. El camping era extenso, y conseguir un beso nos enamoraba todo el año.

10 de octubre de 2018

Quinta Peña Los Almuna: tradición y alegría en la precordillera sanfabianina


Jorge Muñoz Zambrano

El sábado 6 de octubre se vivió una noche mágica en la precordillera sanfabianina. La Quinta Peña Los Almuna dejó en claro por qué es considerada una de las más emblemáticas celebraciones de la comuna. Al ritmo de arpas, guitarreos y canciones, la familia Almuna ofreció a la comunidad la mejor muestra de su amor por las tradiciones campesinas. Sobre el escenario pasaron los destacados conjuntos Peñihuén y Nanihue, la familia Almuna, la cantora María Zúñiga, el folclorista Roque González y el músico Antonio Hernández. El público vitoreó cada presentación. Bailó cada cueca. Acompañó cada tonada.

La velada se desarrolló en medio de una atmósfera de calidez y confianza, propio de la familia anfitriona. Como hito de inicio, la cantora Enedina Almuna recitó con fina dicción y gran solemnidad un poema de Luz Montecinos. A través del poema los asistentes volvieron a recorrer las antiguas calles polvorientas del pueblo, a oír el rumor del puelche, el lenguaje de los chivos, el río Ñuble dialogando con las piedras.

Y algo que nunca ha faltado en la Peña: la gastronomía típica. Donde hay un Almuna hay una potente voz, una melodiosa guitarra y una buena mesa. Desde temprano desfilaron platos con empanadas, sopaipillas y un deliciso consomé de pava. Y para beber, terremotos, navegados y vinos. 

La noche fue pura alegría, exhibición de bailes antiguos, revitalización de tradiciones campesinas, cuecas bailadas desde el alma, y todo ello conducido por la amable voz de don Ursito Quiñones. 

Queda marcada en la historia del pueblo una tradición que nos enorgullece, que nos identifica y que deseamos que perdure por siempre.




24 de septiembre de 2018

Ante todo, sanfabianinos


Jorge Muñoz Zambrano

Pasaron las Fiestas Patrias 2018. El desfile del 16 de septiembre congregó a mucha gente. No pocos dijeron que será recordado como uno de los más multitudinarios de la historia comunal. Y eso que las nubes bravuconeaban lluvia inminente. Había buen ánimo, aprecio en la mirada, cortesía sincera. Don Celerino ofreció el brindis de chicha en cacho al alcalde Almuna. Los chicos de La Montaña brindaron payas entrañables de humor y ternura. Se hicieron danzas a la trilla, se bailaron cuecas y se bendijo la nueva cuatrimoto de bomberos.

Comenzó el desfile con el encajonamiento de la banda de guerra del liceo. Bombo, platillo, tambores y cornetas. Gallardía juvenil. El Cholo, vestido de casco y rodilleras, volvió a ser presentado ante las autoridades, vitoreado por el gentío. La señora Flor desfiló con su carro eléctrico lleno de tortillas de rescoldo. Don Carlos González, de poncho y ojotas, guió una carreta con bueyes enormes. Los estudiantes, los profesores, los funcionarios, los clubes deportivos, de adultos mayores, las organizaciones femeninas, las emprendedoras de Trabuncura, Carabineros, el Sar, Cesfam y Bomberos, don Ramón encabezando el taller de cueca de don Hernán Troncoso, la multitudinaria huasada. Toda la comunidad viva de San Fabián marcando el paso del orgullo patrio, el pecho henchido de sentirse sanfabianino, enmontañado, siempre extasiado de belleza y oxígeno, de espacio y de luz.

A poco andar comenzó el encuentro "Entre Peñas y Parras". Los empresarios turísticos marcaron presencia. La plaza se llenó de color y alegría, de buen ritmo y aromas patrios.  La poblada se deleitó con la cocinería dieciochera. Se hicieron pocos los anticuchos y las empanadas. La espera se compensó moviendo el esqueleto con La Otra Sensación argentina, con los Potros del Sur, con los inmejorables terremotos de Ulises Soto. La lluvia se dejó caer con fuerza, pero el baile siguió inmutable, encendido, con los Potros arriesgando un cortocircuito.

Este 18 de Septiembre también será recordado por el aguacero persistente y la gran granizada de las seis de la tarde. San Fabián quedó blanco de granizos y pétalos de ciruelo. Las ramadas de Los Aromos siguieron vivas aunque despobladas. Quizá porque los grandes tomadores ya se extinguieron. Aquellos a los que poco les importaba que lloviera más adentro que afuera. Los que llegaban de los fundos el 17, se lo tomaban todo, se lo apostaban todo, se agarraban a huascazos de puro contentos y no se iban hasta que el caballo no se los llevara en calidad de bulto para la querencia.

Esta vez predominó la celebración mesurada al interior de las casas. Los viejos estandartes de la cordillera, los hoy adultos de San Fabián que tuvieron que marcharse a buscar mejores trabajos, sus hijos, sus nietos, los descendientes millennials, todos aquellos que escucharon desde pequeños de la magia esparcida entre estos cerros, del puelche que todo lo seca, del eco de los chivos perdidos en las quebradas. También de aquellos que se sintieron sanfabianinos por sangre, por hermandad, por deslumbramiento, por cariño, de todos ellos fue esta larga fiesta dieciochera.

En cada casa se brindó por los que ya partieron, por los que están y por los que vienen. Porque San Fabián es una continuidad, un encadenamiento de amor, templanza y sabiduría, una historia común basada en la fortaleza y el orgullo de ganarle siempre al destino.



10 de septiembre de 2018

Reverdece el Alico


Jorge Muñoz Zambrano

Reverdece el Alico, se impone la vida, se restaura la armonía, incipientes robledales, infantiles peumos, de la memoria del gran incendio quedan apenas cenizas y abonos, troncos negros en disolución, la aromática humedad de dos inviernos.
El gran tótem ovalado retoma su antigua apariencia, la misma que ha conferido identidad a los habitantes del valle, que ha servido de vigía de bandidos, atalaya de soldados, avistador arriero de ganado cimarrón. Montículo de ilusiones y leyendas que ha apaciguado el espíritu de tantas generaciones. Exploradores, enamorados y curagüillas han acariciado sus escarpadas laderas, oteado el serpenteante brillo de ríos y esteros, la bruma azulada de lontananza.
El Alico lo ha visto todo. Ha sido testigo del ruido y la furia, del amor y el dolor, de la alegría y la tristeza de tantas generaciones cuya memoria transcribe el río Ñuble como rumor de agua que salpica las piedras.
Hace cinco mil años ya bordeaban sus laderas recolectando digüeñes los indígenas trashumantes. Hace mil años los pehuenches observaban su cumbre por el agujero de una piedra horadada. Hace 300 años gobernadores y misioneros buscaban la ruta más accesible hacia el País de las Manzanas.
El Alico vio las hordas pincheiranas asolar San Carlos. Sudor de caballos, sangre en la espada. Cientos de mujeres cautivas. El aporte de hormiga a un tesoro inencontrable.
Mil soldados del ejército de Chile al mando del general Manuel Bulnes avanzaron hacia El Roble Guacho un cálido enero de 1832. En el trayecto balas y gritos. El fusilamiento del último sueño realista. Epulafquen de testigo. Luego, Bulnes victorioso. 20 mil vacas como botín de guerra, cientos y miles de mujeres recuperadas.
El nuevo siglo trajo bonanza, comercio fecundo, contrabando descarado. Huasos y gauchos tomaron del mismo mate, la hospitalidad se hizo regla, se emparentaron familias, se compartieron anhelos, la amistad y el honor se selló con un apretón de manos, con un abrazo de hermano, de vuelve pronto, que el cariño sea siempre más grande que la distancia, pues la historia nos quiere ver siempre unidos.
Gran cerro Alico, hoy que te vemos reverdecer, te saludamos con alegría. Hemos preguntado al yerbatero Cholito si ya hay digüeñes en tus faldeos, pero él nos ha dicho que apenas dos, y muy pequeños, pero sabemos que lo hace para protegerte mientras te sigues recuperando. Confiamos en Cholito. Pocos te cuidarán como él, susurrándote historias fantásticas y obsequiándote cada 18 de septiembre una bandera chilena para que flamee en tu cumbre.

18 de agosto de 2018

Boceto para un estudio del escultor Renato Soto Campos


Jorge Muñoz Zambrano

Renato Soto Campos fue uno de los grandes escultores en madera de la provincia (hoy región) de Ñuble. Sus obras han trascendido fronteras nacionales e internacionales. Nació en San Fabián de Alico el 23 de enero de 1927. Desde muy temprano empezó a desarrollar este particular talento gracias a la abundante materia prima que prodiga esta tierra sureña. Su carácter apasionado e inquieto lo impulsó a recorrer numerosos lugares, impregnándose de otros ambientes, culturas y enseñanzas. Al volver a su tierra se abocó de lleno a su arte y a formar alumnos a través del taller de tallado en madera del liceo Jorge Alessandri Rodríguez. Sus valiosas obras recrean la forma de vida propiamente cordillerana. Campesinos, cantoras, artesanas, materas, escenas pícaras, animales domésticos y de granja, figuras plenamente inmersas en el contexto histórico local. La más conocida, llamada "El arriero", fue instalada en 1988 en la plaza de San Fabián y hoy es el principal emblema cultural de la comuna. Corresponde a un arriero, su caballo y su perro antecediendo a un conjunto de vacunos, y entre ellos, un brioso toro montando una vaca. La escultura está tallada sobre un solo gran tronco y, a través de las fotografías que le toman los visitantes, ha sido difundida a buena parte del planeta.

Renato Soto Campos falleció en el año 2003 dejando un vasto legado de obra y enseñanza para la comuna a la cual consagró su amor y su vida.

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Imagen: En la fotografía, que pertenece al archivo de la señora Inés Garrido, se aprecia al escultor Renato Soto, con chalas y camisa a cuadros, interpretando una aparente escena teatral, o sketch cómico, durante una festividad mayor, que estimamos debiera datar de los años 80. Su acompañante sería Carlos Cerda, según testigos que han revisado la fotografía.

9 de agosto de 2018

La casa de Violeta y Nicanor en la memoria de José Novoa / Crónicas de San Fabián


Por Jorge Muzam

Han sido años de bregar por una gran causa. Tres lustros para ser precisos, tal como lo señala el Presidente del Comité Nido de Parras, don Hugo Villegas. Desde generaciones pasadas se sabía que Violeta y Nicanor Parra habían nacido en San Fabián. La familia Parra era parte del imaginario colectivo del pueblo, algo propio, asumido, y tan natural y cotidiano como las banderitas blancas que avisaban la venta de pan amasado, o los sabrosos helados de nieve del Malalcura. Pero faltaba unificar este imaginario, sistematizar la información, tener la visión acerca de su importancia para el futuro de la comuna, y este anhelo generó la base para la conformación del Comité Nido de Parras. 

A lo largo de estos años se han realizado cientos de gestiones a todo nivel. Se ha dialogado con sucesivas autoridades comunales, regionales, ministros y presidentes. Y en todas las esferas se ha comprendido la coherencia de la propuesta. 

En el camino se han realizado numerosos eventos que han alcanzado amplia difusión e impacto en la población comunal y regional, tales como las fiestas de Las Guardias, el Festival Nido de Parras, y celebraciones menores que han congregado a cientos de personas que ven la cultura como instancia de crecimiento espiritual, unidad de la población y promotora efectiva del desarrollo de un territorio.

En el camino se ha contado con valiosas personas que han entregado su tiempo, su convicción y sus talentos a esta causa, y a ellos solo queda agradecerles profundamente tan noble aporte. 

Las familias descendientes de Violeta y Nicanor Parra han venido a San Fabián, han reconocido sus raíces, se han impregnado de la belleza, el aroma y la mística del valle, han chapoteado en el Ñuble, y han reiterado con emoción que sienten a San Fabián como propio, como parte de la esencia misma de la familia Parra.

Hoy se pretende reconstruir la casa de la familia Parra en el mismo lugar donde alguna vez existió. Se cuenta para ello con la memoria de don José Novoa, notable personaje de ese sector que alguna vez vivió en la misma casa de Violeta y Nicanor. Y alrededor de la casa, se pretende generar un parque cultural multipropósito, que difunda y perpetúe el legado de ambos artistas, y que se convierta en un faro de la cultura regional y nacional, una fuente de la memoria, un lugar donde se resguarde el patrimonio, el conocimiento y la historia de todos los que vivieron y seguirán viviendo en este valle encantado llamado San Fabián.

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Imagen: El Subsecretario del Patrimonio Cultural y Presidente del Consejo de Monumentos Nacionales. Emilio De la Cerda Errázuriz, junto al vice Prsidente del Comité de Cultura Nido de Parras, José Novoa.

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