20 de noviembre de 2017

Resultados Elecciones 2017 en San Fabián


Jorge Muzam

Una tranquila jornada republicana se vivió ayer domingo 19 de noviembre en San Fabián. La participación ciudadana fue cercana al 50% del padrón local. Los horarios de máxima votación fueron cerca del mediodía y en la tarde, cerca del cierre de las mesas. En la plaza de San Fabián se instalaron puestos de venta de productos locales que deleitaron a los electores y sus familias que aprovecharon de disfrutar el día bajo un hermoso sol primaveral. 

Respecto a los resultados a presidente en San Fabián: Sebastián Piñera obtuvo 953 votos, lo que constituye el 46,31%; Alejandro Guillier, por su parte, obtuvo 456 votos, lo que representa el 22,16%; Beatriz Sánchez obtuvo 227 votos, es decir, un 11,3%; Carolina Goic sacó 162 votos, con el 7,87%; José Antonio Kast obtuvo 151 votos, representando el 7,34%: Marco Enríquez-Ominami obtuvo 82 votos y el 3,98%; Alejandro Navarro obtuvo 17 votos y un 0,83%; y finalmente Eduardo Artés obtuvo 10 votos y el 0,49%. 
De un padrón de 4572, los votos válidamente emitidos fueron 2058, 19 votos nulos y 26 en blanco.

Respecto a las elecciones a diputado en San Fabián: la primera mayoría la obtuvo Jorge Sabag (PDC) con 547 votos, y un 30,41%; Frank Sauerbaum (RN), obtuvo 261 votos con el 14,51%; Loreto Carvajal (PPD) obtuvo 226 votos y un 12,56%; Gustavo Sanhueza (UDI) 153 votos y un 8,50%; Carlos Abel Jarpa (PRSD) obtuvo 52 votos y un porcentaje de 2,89%. Votos válidamente emitidos: 1799 votos válidos, 94 nulos y 210 en blanco.

En la elección de Core, la primera mayoría en San Fabián la 0btuvo Javier Avila, con 682 votos y un 38,73%; Hernán Alvarez obtuvo 111 votos y un 6,30%; John Andrades obtuvo 64 votos y 3,63%; Jezer Sepúlveda obtuvo 43 votos y 2,44%; Rodrigo Dinamarca obtuvo 34 votos y 1,93%; Arnoldo Jiménez 33 votos y 1,83%.
 Votos válidamente emitidos: 1761. Votos nulos: 91. Votos en blanco: 253.

Fuente: www.servel.cl

24 de octubre de 2017

Detrás del humo / Premis Literaris Constantí 2005. Tarragona, España.

JORGE MUZAM

Cada vez que papá estaba fuera de casa nos pasábamos largas horas observando a lo lejos su posible regreso. A veces tardaba más de una semana y entonces nos preocupábamos mucho, sobre todo si era invierno. La cordillera en invierno es muy fría y peligrosa. Papá solía internarse por lo menos dos veces al mes en los fundos y caseríos colindantes con San Fabián de Alico. Aunque normalmente iba a comprar chivos, corderos o cerdos, nunca desaprovechaba la ocasión de llevar consigo una vieja maleta celeste repleta a reventar con ropa de colores llamativos para tentar a sus eventuales clientes. Ropa que casi siempre era trocada por menesterosas gallinas, o bien fiada para siempre. Montando a Mandito y cubierto con una enorme manta de castilla no había temporal que lo detuviera. Así fue como cruzó hacia Argentina un otoño de 1977.
Aquella vez fueron tres semanas. Lo recuerdo muy bien. Cuando volvió llovía intensamente y el viento movía con fiereza las latas de nuestro techo. Nadie salió a recibirlo pues la noche era demasiado oscura y era muy fácil hundirse en las numerosas pozas de agua y lodo que había en el patio. Oíamos sus gritos de arreo y los ladridos de Jol, y luego el traqueteo de numerosas patas entrando por el portón en dirección al potrero. Al rato papá golpeó a la puerta. Venía empapado, más delgado y con su barba crecida. Se veía alegre y satisfecho mientras nos abrazaba a todos. Nos contó que venía de Argentina y que traía más de trescientas ovejas. Había cruzado con nerviosismo el retén, pero creía que no habían reparado en él pues seguramente el cabo de guardia estaba dormido. Mamá avivó el brasero y puso a un costado la tetera y al otro echo a freír unas longanizas. Mis hermanos pequeños también se habían levantado y se habían montado en las piernas de papá.
No había transcurrido más de media hora cuando se escucharon algunos silbidos y alguien golpeó con fuerza nuestra ventana de madera. Al abrirla vimos dos carabineros que con voz potente le comunicaron a papá que estaba detenido y que todas sus ovejas estaban confiscadas. Se lo llevaron inmediatamente.
Mamá no lloró esa vez, quizás para no apenarnos, pero sentíamos su tristeza y su impotencia.
Al otro día vinieron varios carabineros montados y algunas personas de civil para llevarse las ovejas. Eran tantas y no sabíamos para donde se las llevarían. Algunas semanas más tarde y luego que liberaran a papá, supimos que las habían quemado a todas en un enorme foso. Nos costó mucho entender cómo era posible que las personas pudiesen quemar a los animales.
Luego vinieron las multas interminables y la miseria total. La palabra SAG, que no era sino el Servicio Agrícola y Ganadero del gobierno, pasó a transformarse en algo omnipresente en nuestro hogar, algo que no sabíamos bien qué era, pero que nos aplastaba mes a mes, que consumía todos los esfuerzos de papá en pos de reunir el dinero para pagar cada multa. Al poco tiempo tuvo que vender a Mandito y desde entonces transportaba en su propia espalda y bien amarrada aquella vieja maleta.
Cierta ocasión en que debía presentarse a cancelar sus multas en la oficina del SAG en Talcahuano, nos llevó a todos con él. Según decía, quizás se apiadarían al verlo con tantos niños pequeños. Mientras lo esperábamos en la antesala, observaba cómo movía sus manos, cómo gesticulaba, implorando ante aquel funcionario que parecía apenas escucharlo. Todo fue inútil aquella vez y todo sería inútil durante los siguientes tres o cuatro años. La acusación era clara: contrabando de animales. Papá siempre nos aseguraba que él había comprado aquellos animales, que lo había hecho desde que era casi un niño, pero que ahora el país era diferente. Se habían creado leyes durísimas para quienes trajesen animales desde Argentina, porque se quería evitar a toda costa la propagación de la fiebre aftosa. Muchos otros habían caído y seguirían cayendo al igual que papá. Algunos efectivamente eran contrabandistas y cuatreros, otros solo intercambiaban productos, algunos tenían hasta familia al otro lado, otros volvían baleados o golpeados por los gendarmes trasandinos y en muy malas condiciones para terminar su mala fortuna en algún calabozo chileno.
Papá nunca más volvió a Argentina. Desde entonces se dedicó a la crianza de chanchos y gallinas en la propia casa. Salíamos días enteros a recoger sacos y más sacos de encinas, de castañas, de manzanas, o de lo que se pudiera recoger para alimentar a los marranos. A los mejor dotados se les encerraba y se les daba raciones extra de afrecho y harinilla, con lo que pronto se les formaban calzones de gordura. Papá invertía mucho tiempo y dinero, y parecía obsesionado con volver a aumentar su capital a través de ellos. Pero los precios de la carne caían a cado rato y con dificultad se solía recuperar la inversión. A las gallinas, por su parte, se les prestaba escasa atención y muchas de ellas nos retribuían con deslealtad haciendo sus nidales en alejados zarzales, otras terminaban desplumadas en ollas ajenas, y no faltaban las que eran devoradas por los abundantes peucos que rondaban las casas. Los huevos que rescatábamos y la venta de las aves eran, habitualmente, el único dinero del que podía disponer mamá para comprar abarrotes y todas nuestras faltas. A pesar de esto, nunca faltó comida, siempre hubo pan en abundancia y un buen plato de legumbres disponible a la hora que nos diera hambre. Con mis hermanos solíamos tomar por asalto la olla de porotos, enfrascándonos en menudas peleas de puñetes y cucharazos. Todos crecimos ayudando a papá en sus tareas; a veces no queríamos hacerlo, pero entonces él se llevaba las manos al cinturón y nos retractábamos rápidamente. Nos levantaba amaneciendo y distribuía inmediatamente las tareas del día: uno lo ayudaría a carnear chivos para los veraneantes, otro iría a cortar zarzamora, el tercero sacaría la mierda de los cerdos y el menor pastorearía al caballo en el camino público. Las tareas cambiaban diariamente pero la modalidad era siempre la misma.
Pronto sobrevino la gran depresión del 82, desaparecieron los veraneantes, y casi nadie volvió a comprar chivos ni ropa ni gallinas ni huevos. Papá intentó ganarse la vida haciendo carbón, pero no era suficiente. Sembró trigo, porotos, maíz, avena, pero nuestra tierra no tenía agua y era muy pedregosa, por lo que la cosecha era ínfima, alcanzando a cubrir solo una parte de nuestra propia subsistencia. Al poco tiempo no le quedó más alternativa que integrarse a los programas de empleo mínimo que el gobierno había creado para aplacar la crisis. Papá entró en un período de abatimiento, andaba irascible, herido en su orgullo. Cada vez que iba al colegio lo divisaba a lo lejos junto a decenas de otros hombres, levantando o poniendo piedras en alguna calle. Era la rutina de todos los días que se extendió por años.
Solo el 85 comenzó a amenguar la crisis. Papá volvió a vender chivos, muchos chivos, aprovechando la ola creciente de turistas que llegaban hasta la precordillera de Ñuble. Nuestra casa era de las pocas que faenaba el chivo delante del cliente y lo dejaba listo para ser asado. Papá estaba contento, le gustaba trabajar a un ritmo intenso, hacer muchas cosas a la vez. Volvió a criar muchos cerdos, tomó en medianía varias parcelas y sembró grandes cantidades de trigo, de avena y cebada. Nosotros debíamos encargarnos de las chacras, de regarlas y despastarlas. A mamá también se le veía feliz, amasaba a diario grandes cantidades de pan y hacía unos fondos de legumbres y cazuelas para su hambriento quinteto de varones.
Todo anduvo bien hasta que llegó el triste día en que empezamos a irnos. Fue el lento declive de la actividad, el lento apagar de los gritos, de las conversaciones, de las risotadas. Cada vez se encendían menos luces, se hacía menos comida y menos pan, cada vez se sembraba menos y se faenaba menos. Había dejado de tener sentido seguir creciendo. Papá y mamá lloraron desconsoladamente ante la partida de cada uno de nosotros, y estoy convencido que el dolor y la nostalgia mutua tardaron mucho tiempo en ser apaciguados.
Pero a papá aún le aguardaban momentos de felicidad y orgullo, como aquel día en que visitó la Escuela de Carabineros para presenciar el desfile con el que dos de sus hijos se convertían en gallardos policías. Aunque lloraba casi como un niño, notábamos en su rostro toda la satisfacción que se siente ante el deber cumplido. Toda su dura y tantas veces amarga existencia adquiría pleno sentido en ese momento.
Pronto su salud se deterioró irremediablemente, pero papá aún tuvo fuerzas para contar sus últimos chistes, para dar sus últimos consejos y para impartir sus últimas órdenes. Presintiendo su fin, nos reunió a todos un día de agosto de 1998 para despedirse y augurarnos un gran futuro. Aquella misma noche cerró sus ojos para siempre.
Algunos años después, mientras preparaba mis clases de historia para el día siguiente y tenía a mi hijo Octavito encaramado en mi espalda sujetándose de mis cabellos, no pude evitar recordar a mi padre y mis propios encaramientos en su fornida espalda de campesino. Una sucesión de imágenes se arremolinaron en mi mente, toda la parte de su vida que compartió junto a nosotros, imágenes que a la distancia parecían todas felices. Y sentí nuevamente el olor de su manta de castilla mojada, sentí las púas de su barba, oí sus silvidos improvisados y vi su rostro en la penumbra al otro lado del fogón humoso.

Sobre Las Ovejas y San Fabián / Memoria chileno-argentina








JORGE MUZAM

En cierta ocasión, el escritor argentino Pablo Cingolani (que además es periodista, historiador, poeta, militante y explorador que lleva décadas defendiendo los derechos humanos de los pueblos indígenas en aislamiento de la Amazonía), deslizó un recuerdo sobre su paso por la localidad argentina de Las Ovejas.

Hace unos días le pedí que rememorara ese episodio de su vida. Esencialmente para generar literatura alusiva. Las Ovejas, Andacollo, Manzano Amargo, Varvarco, Chos Malal y todo el norte de Neuquén son nuestros hermanos del otro lado. Y como está resurgiendo un deseo creciente de hermanamiento, de reabrir un paso internacional y de restaurar antiguos lazos culturales y económicos, mi afán, como escritor, historiador y sanfabianino, es generar también una memoria conjunta.

He aquí la respuesta de Pablo Cingolani:


Jorge:

Buenísimo, valioso, necesario lo del hermanamiento entre los dos lados de la cordillera.
De mi viaje, te diré lo que recuerdo. Fuimos explorando en un carro –ni noticias cual era- con mi amigo Fabián Luna y su familia –su padre, que conducía, Leonel (QEPD) fue el gran mentor nuestro de ese tipo de experiencias –travesías, caminatas, campamentos, exploraciones, vida en la naturaleza.
Eran nuestros tiempos de explorar la Patagonia. Habíamos hecho mucha caminata, mucha montaña, por los lados del Parque Nacional Nahuel Huapi, y también habíamos estado bordeando Chile por el lado del paso Pérez Rosales, si mal no recuerdo. Una vuelta, combinamos alguna caminata con ese viaje al norte de Neuquén. Ruta 40. Recuerdo que entre Neuquén y Mendoza era la nada esos años, no había nada.
La cosa fue más o menos así, apelo sólo a mi memoria: recuerdo que atravesamos la cuesta de Rahue y ahí empezó ese Neuquén diferente al de los lagos y los bosques, era un Neuquén árido, muy agreste, muy desolado. Llegamos hasta Copahue, creo que allí dormimos. Luego, seguimos rumbeando al norte, pasamos por El Huecú y técnicamente, andábamos perdidos. No te cruzabas con nadie, ni movilidad, ni gente, esos años –sería 1979, 1980, por ahí, por esos lados. La cosa es que llegamos, de noche, y donde dormimos en el mismo carro, a un pueblo que al otro día averiguamos su nombre: era Chos Malal.
Cuando vos me empezaste a hablar de San Fabián de Alico, no pude evitarme ir a las mapas, y ver que efectivamente hay un paso, un vía, que saliendo de SFA llega por Las Ovejas, Andacollo, hasta Chos Malal. De ahí que, recuerdo, te dije habría que caminar esos lados, hacer el cruce, reencontrar esos pueblos. Yo vi que en la campaña de Almuna se habló de algo así.
Sería genial desarrollar un proyecto así, de hermanamiento. Yo del lado argentino, tengo contactos con la Universidad Nacional de Florencia Varela que, a su vez, tiene un convenio con la Universidad del Comahue, la neuquina, y que muy seguramente tiene laburo en la zona. Es cuestión de averiguar. También tengo contacto con los mapuches, pero ellos están en Neuquén Sur, por los lados de Villa La Angostura, o sea lejos. También en San Martín de los Andes vive un compañero que es miembro del Consejo de la Justicia y la Paz del Vaticano, un ente creado por el Papa Francisco para luchar contra la exclusión social.
¿Por qué no te imaginás algo? Además, ahora que Lorena anda metida en las esferas del municipio, con Almuna se podría armar alguna cosa. El encuentro de escritores, puede ser una punta. Bosquejá algún proyecto y yo lo puedo hablar con la gente de la UNAJ, con la gente del Centro de Política y Territorio que son compañeros míos. A través de ellos, como te decía, se le puede caer al Comahue.
 Creo que el 2017 se pinta mejor, así que será momento de regresar a los caminos!!! Hay que ir a San Fabián de Alico!!!
Bueno, aprovecho a desearles buen año!!!! Ya nos encontraremos!!!
Te mando un abrazo fuerte y esperanzador

Pablo

22 de octubre de 2017

San Fabián devorado por la fealdad y la basura

Jorge Muzam

San Fabián es indiscutiblemente bello, un santuario natural de características edénicas. Enormes montañas, ríos de aguas cristalinas, lagunas decantadoras de la nieve de las cumbres, bosques nativos, flora y fauna. El problema es parte de su gente. Y parte de quienes visitan el territorio.

Ayer tarde recorrimos junto al pintor Israel Gutiérrez varios sectores de la comuna. Él pretendía buscar encuadres para sus próximas obras. Algún sorprendimiento estético, confluencia de armonías de colores y elementos. Recorrimos la villa de los profesores, parte del centro, calle Andes, avenida Purísima, Villa Malalcura y El Macal. Vimos horrorosos quioscos levantados en las veredas, sin nadie que los controle, que impida o que al menos sugiera un tipo de quiosco económico y atractivo que armonice con el sentido turístico de la comuna.

En cada cuadra multitud de cabañas nuevas, ya construidas o construyéndose, que albergarán potenciales turistas durante todo el año. La mayoría instalada al ojo, en cualquier parte de cualquier patio, todas con diseños distintos, sin el más remoto respeto o conocimiento de algún sentido urbanístico. Restoranes con paredes de OSB desnudo, sin pintar, sin terminar, barras de cortinas mal puestas, baños descuidados.

Al comienzo de avenida Purísima vimos que la esquina de las enredaderas ya no está. Esas que cambiaban de color en cada estación. Los plataneros del costado del alambrado mochados hasta el tronco. Vimos con pesar cómo cortaron los añosos castaños de Villa Luz. Y sentimos tristeza porque ese lugar era increíblemente hermoso. Armónico, sombreado.
Rejas de fierro en lugares inverosímiles, sobrepoblación de chapas de zinc, al costado, arriba, abajo, en galpones, establos, gallineros. Casas relativamente sólidas, casi todas con auto y camioneta, muchas de ellas cumpliendo la función de segunda, tercera, y hasta cuarta casa para sus dueños. No pocas sacadas a través de sospechosos subsidios sociales.

Lo que nos empezó a irritar fue la cantidad de basura arrumbada en los patios de innumerables casas. Restos de nylon, invernaderos abandonados, tazas de baño volcadas, restos de cimiento, plásticos rotos, juguetes embarrados, caca de perro por todos lados, plantas moribundas, perros famélicos amarrados, mirando con cara de sufrimiento a los transeúntes. Recuerdo que en mi niñez había costumbre de mantener limpio el frontis de cada vecino.  La vereda bien barrida. La casa idealmente pintada. Cortar el propio pasto y los ramajes que salían hacia la calle. Y en la mayoría de las casas, en los patios de pobres y ricos, jardines cuidados con dedicación, mucho árbol frutal plantado para el consumo familiar, para ofrendar al visitante y para saciar el hambre y la sed de las futuras generaciones.

En nuestro caminar vimos abundantes cortadores de árboles con cara de estar haciendo algo muy importante. Y entonces le recordé a Israel que la gente sanfabianina, una parte importante al menos, tiene ese mal comportamiento. Cuando se aburre corta árboles. O los poda hasta dejarlos como un muñón. Sin que exista la más remota necesidad de hacerlo. Desde pequeño he visto desaparecer buena parte de la arboleda de mi pueblo. Hasta en mi propia casa. Enormes alamedas que embellecían el valle, castañales, encinales, robledales, frutales al por mayor. En cada sector de la comuna se apostó por irla dejando pelada. Esta misma semana miramos con pesar hacia el Malalcura, dos inmensos peladeros en sus laderas que lo semejan a un perro con tiña. Pero como es privado nadie puede meterse en el asunto. Ni en el control del agua cordillerana que entuban los avivados antes que llegue al valle. Y eso solo pasa en Chile, pues en el resto del planeta se apuesta por un sentido estético comunitario. Y hay ordenanzas para eso, que ni siquiera deben ponerse en práctica, porque las personas saben y contribuyen de buena gana a mantener su entorno para que la armonía, la limpieza y la belleza sean patrimonio de todos.

Y así nuestro amado valle se sigue convirtiendo en un peladero,  llenándose de basura. Criminal e impunemente, como sucedió y sigue sucediendo en el Estero Grande, en el estero de piedra, en el río Ñuble, en la laguna de la Plata. Pocos días atrás vimos con espanto en Youtube algunos vídeos recientes de la Laguna de la Plata, los cerros de basura, bolsas de plástico, pañales, latas de conservas, envases de tetrabrick, botellas quebradas, sartenes negros, grandes piedras milenarias rayadas con imbecilidades, y numerosos diques de basura dificultando el paso del agua cristalina que desciende montaña abajo. El calamitoso estado en que dejaron los turistas ese otrora edénico lugar deja muy mal parada a la especie humana.

Quisiera hablar con optimismo sobre la inminente recuperación del paraíso perdido, sobre la toma de conciencia efectiva de las generaciones más jóvenes, de los niños, que seguro contribuirán a mejorar todo lo que mi generación y la posterior tanto ayudó a destruir. Pero lo real, lo que duele en el alma, es ver que hoy entre los adultos predomina la flojera, el arribismo solventado en la ignorancia, el esperar asistencialismo por todo, el quejarse por todo, la escasa empatía por el prójimo, el ostentar vehículos y celulares costosos sin mover un dedo por nadie, buscando rapiñar cualquier beneficio social, aunque ni siquiera lo necesiten, aunque signifique quitárselo a alguien que de verdad lo amerite.

De cualquier forma, vaya un saludo de hermano y de ecologista profundo a las numerosas personas, niños, jóvenes y adultos mayores, que siguen contribuyendo a cuidar nuestro territorio. Aun a costa de su tiempo y su salud por tener que limpiar la inmundicia que dejan otros. A los que aman esta tierra, a los que plantan y cuidan el crecimiento de árboles nativos, a los que se oponen a la prepotencia empresarial que interviene el territorio, a los que sueñan con que los niños del futuro puedan contemplar la belleza prístina que vieron nuestros propios ojos de niño y los de nuestros antepasados.

25 años de Voces Cordilleranas

Anita Obando y el arpa de Anibal Parra.
Jorge Muzam

El sábado 21 de octubre se celebraron los 25 años de Conjunto Voces Cordilleranas. 

El gimnasio municipal fue preparado en cada detalle para la solemne ocasión. Mesas adornadas con flores, y sobre cada una, yerba argentina, azúcar, agua caliente, rebanadas de queque, platillos con sopaipillas crujientes y pocillos con pebre cuchareado para recibir con mateada, sabor y cariño al público que arribó a celebrar y homenajear al histórico conjunto folclórico. 

El primer saludo provino del alcalde Claudio Almuna, quien resaltó la trayectoria del conjunto, así como su invaluable aporte a la cultura sanfabianina y al rescate y prosecución de nuestras mejores tradiciones. 

Sobre un bello escenario que en su fondo simulaba una casita azul, con ventanas iluminadas, techo de tejas y ruedas de carreta en su antejardín, fueron pasando los distintos artistas de la noche. Primero tocó el turno al Conjunto Voces Cordilleranas, que junto con cantar alegres tonadas y cuecas, agradecieron el afecto y fidelidad del público que durante un cuarto de siglo ha seguido y aplaudido cada una de sus presentaciones. Numerosos asistentes que degustaban su refrescante mate no resistieron la magia musical y salieron a la pista a bailar.
Conjunto Folclórico Altos de Peumayén.
Tocó el turno del Dúo Mañé de Mari Maura y del conjunto sanfabianino Altos de Peumayén, ambos impecables en sus interpretaciones y despampanantes en su indumentaria. A continuación, una enorme torta ocupó el centro de la pista, y en torno a ella se reunió el conjunto Voces Cordilleranas . El cumpleaños feliz fue cantado con especial fervor por todos los asistentes que, tras el apagado de las velitas, recibieron su trozo de torta.

Cantándole el cumpleaños feliz a Voces Cordilleranas.
Conjunto Folclórico Voces Cordilleranas.
Pasadas las diez de la noche comenzó la presentación de la destacada folclorista Anita Obando y la maravillosa arpa de Anibal Parra. El mejor nivel de la música folclórica chilena desplegó sus acordes desde un escenario sanfabianino.

Luego el conjunto Voces Cordilleranas interpretó parte de su conocido repertorio de cuecas para deleite del público que salió a bailar a la pista.

Los Huasos del Rancho, de la comuna de Ñiquén, cerraron la noche. El vocalista y alcalde de esa comuna desplegó todo su carisma sobre el escenario. Payas, anécdotas y canciones fueron devueltos con meneos, risas y aplausos por el público que se quedó hasta el final.

Los Huasos del Rancho de Ñiquén, con su vocalista, el alcalde de esa comuna Manuel Pino.

A cada artista se le obsequió una bella carreta de bueyes en madera confeccionada por los integrantes de Voces Cordilleranas. Y al público, un llavero recordatorio de los 25 años del conjunto. Un reconocimiento muy sentido se le otorgó a la folclorista Anita Obando, por ser la fundadora del conjunto Voces Cordilleranas.

La jornada culminó con una sabrosa cena de camaradería que fue ofrecida por Voces Cordilleranas a todos sus integrantes históricos y colaboradores, y donde también hizo honor con su presencia el alcalde Claudio Almuna.

16 de octubre de 2017

Felicidades y agradecimientos a los profesores de San Fabián

Profesora Gladys Fuentealba impartiendo clases en Escuela Maitenal.
Jorge Muzam

Saludamos a las profesoras y profesores de San Fabián, a los que están y a los que partieron, a los que inician su función en los albores del siglo XXI, y a los que crearon los cimientos a comienzos del siglo anterior. Agradecemos su inmenso aporte a la formación de los estudiantes sanfabianinos, y honramos el legado de respeto, responsabilidad y rectitud que gracias a ustedes llevamos impreso en el corazón las innumerables generaciones que hemos pasado por los establecimientos de la comuna.

Quisiéramos mencionar a todos los profesores, pero la memoria no siempre es tan pródiga. Agradeceremos a los lectores de Sanfabistán que nos ayuden a mencionarlos a todos, y así hacerle justicia al imborrable recuerdo de cada uno de ellos.

Vaya nuestro homenaje y agradecimiento para los profesores Hugo Humaña, Alberto Humaña, Cecilia Guérard, Pedro Carrasco, Raúl Bustos, Gladys Fuentealba, Víctor Hernández, Ricardo Salas, María Luisa Oyarzo, Fresia Peñailillo, César Uribe, Gloria Landaeta, Moisés Zapata, Juan Gaete, Manuel Ortega, Juan Carlos Pino, Iván Contreras, Andrés Leiva, Patricio Meriño, Cecilia Márquez, Inés Araya, Juan Herrera, Luis Veas, Luis Candia, Leopoldo Peñailillo, Walter Mardones, Elsa Hormazábal, Fresia Bahamondes, Josefina Valenzuela, Verónica Claret, Amalia Báez, Sergio Bravo, Violeta Venegas, José Santander, Luis Parada, Brenda Mondaca, José Rivera, Nancy Landeros, Rolando Fuentes, Luis Méndez y Francisco Salinas.

De forma personal, agradezco a los tres docentes que me acompañaron en mis primeros pasos por la entonces Escuela Nº10 de San Fabián: la Tía Fresia Fuentes (en Kinder), la señorita Gabi (en 1º Básico) y el profesor Ricardo Salas (1º a 5º Básico

Y de forma muy especial, agradezco al profesor Victor Hernández, un verdadero emblema de la educación sanfabianina. Un caballero, un científico, un hombre entregado a su profesión, empático y generoso. Con él aprendí sobre la fotosíntesis, las células, la clasificación de las especies. Mi homenaje más sincero y profundo para él.

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