9 de octubre de 2016

Servicio de hotelería para un caballo mimado (Fragmento del libro Tordos en la niebla)

JORGE MUZAM -.

Una de mis obligaciones diarias era ir a buscar y a dejar a nuestro caballo Mandito a un fundo de Maitenal.

Lo llamábamos Mandito porque así apodaban a su antiguo dueño, viejo ermitaño manco y tuerto que vivía a mitad del Malalcura, en una casucha sombreada por abetos, tal como el abuelito de Heidi. Cada vez que lo visitábamos nos ofrecía agua de manantial y harina tostada. Su hogar era el sueño dorado de cualquier auténtico hippie, salvo en invierno, cuando las temperaturas bajaban de diez grados bajo cero y quedaba aislado por la nieve.

El fundo en que pernoctaba nuestro caballo estaba ondulado por extensos lomajes cubiertos de buen pasto y varios esteros bajando desde las montañas. Le pagábamos la estadía, es decir, algo así como un hotel equino de tres estrellas (porque no dormía bajo techo). 

En nuestro pequeño campo teníamos las ovejas, los cerdos, los chivos, las gallinas y los patos, que ramoneaban lo que estuviera a su alcance y dejaban al caballo sin suficiente cena. Cuando tuvimos vacas hicimos lo mismo: pagarles servicio de hotelería en parcelas ajenas.

Me levantaba antes de las seis para ir a buscar a Mandito. Atravesaba largos potreros sorteando toros amenazantes, perros recelosos, cercas de varas podridas y abundante zarzamora. Aunque el rocío de los pastizales mojaba hasta la cintura me resultaba fascinante esa sensación de caminar por huellas apenas distinguibles, contemplar la iluminación del horizonte oblicuo de las montañas, oír los pájaros madrugadores y aguantar el choque de los saltamontes en mi cuerpo. Cuando los saltamontes eran muy grandes el golpe de verdad dolía. 

Tras caminar treinta minutos arribaba al fundo donde pasaba la noche nuestro mimado Mandito. Él me miraba a lo lejos pero no se dignaba acercarse. Digamos que el juego era siempre el mismo. Yo me acercaba y Mandito se alejaba. Hasta que, entre tanta escaramuza, lograba arrinconarlo. Luego le ponía el lazo y lo montaba de regreso a casa.

Cuando se hacía tarde y el calor era insoportable nos deteníamos en uno de los esteros que atravesaban el camino y me daba un refrescante chapuzón. Mandito, mientras tanto, bebía agua y ramoneaba hojas a los arbustos. Si no andábamos demasiado apurados obligaba a Mandito a meterse al estero, le lanzaba agua con algún tarro abandonado y lo cepillaba desde la cabeza a la cola.

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