19 de junio de 2017

La Charagüi / Fragmento del libro Tordos en la niebla

Jorge Muzam

La población Corbi era un pasaje de casitas de madera y techos de pizarreño ubicado al costado norte de calle El Roble. Todas pequeñas e idénticas, aporreadas y ruidosas, construidas en los sesenta, durante el gobierno de Frei Montalva. Era un lugar ruidoso, un Bangladesh callejero con niños y adolescentes jugando y gritando a toda hora en la calle. Pocos usaban calzado. Lo usual era andar a pata pelada, chuteando pelotas de trapo, apaleando los viejos encinos o tirándose peñascazos para saldar las cuentas del día. La Charagüi tenía mi edad y era de las más ruidosas. Siempre estaba en la calle y su libertad era mi envidia, pues en mi casa era poco tolerada la junta con la muchachada. Y yo quería jugar tanto como los otros. Esa brusquedad era mi anhelo. Las topeaduras, las paridas de chancha, las polquitas, las carreras con ruedas, chapotear en el barro que dejaba la lluvia o empujar barquitos de papel acequia abajo. La Charagüi se parecía a Heidi. Cabello cortito, mejillas rojas, frente sudada, pies descalzos, voz aguda. Aforraba igual que los hombres, y corría, y corría, y se reía, y gritaba, y se enojaba, y volvía a estallar en carcajadas, y su niñez callejera parecía eterna.

8 de junio de 2017

Nuestra voz



Lorena Ledesma

Cuando estábamos con Jorge Muzam en Corrientes hicimos rabiar a más de uno. No tardamos en conseguirnos una buena conexión y participar en la realidad que nos rodeaba. Corrientes era un desastre estructural y lo sigue siendo, una hermosa provincia con inmenso potencial que no es capaz de salirse del modelo de patrón de fundo y que mendiga hasta lo que por derecho le pertenece. 
De aquellos días quedan varias notas que incluso fueron compartidas en medios internacionales y nos quedó un buen número de amigos y enemigos. Cuando arribamos a San Fabián, también nos propusimos ser parte de la realidad y comentar nuestra forma de ver esta parte del mundo. Él regresaba a su tierra natal, yo dejé atrás la mía. Sin embargo el compromiso era recíproco y la vocación de comunicar estaba intacta. 
Nuestra voz en San Fabián se llamó Sanfabistán. Un juego de palabras que cuestioné inicialmente pero luego le reconocí travesura literaria. Allí están nuestras letras, nuestros comentarios y opiniones. Alguien podrá decir: no sé quienes son pero nuestros nombres están visibles y permanentes. Parte de la responsabilidad de escribir y opinar y, sobre todo, de informar, tiene que ver con la transparencia de sus locutores.

*Texto extraído de un estado de Facebook de la autora.

26 de mayo de 2017

Tiempo de escarcha / Crónicas de San Fabián

Jorge Muzam

Un intenso frío nos ha azotado durante mayo. Un frío temprano que no se sentía desde los ochenta, cuando empezamos a percibir un sostenido cambio climático que acortó los inviernos. Hasta esa fecha el frío empezaba en abril. Grandes temporales que duraban dos semanas. Silbido de alamedas. Rugido de encinos y castaños. Escarcha que no se disipaba hasta el mediodía y que continuaba indeleble hasta el otro día en los lugares sombríos.  

Las personas mayores de San Fabián tienen marcada la nieve en cada recuerdo, sobre todo los que vivían hacia Las Veguillas, El Roble o Pichi Rincón. Los caminos se cortaban para carretas y vehículos. Los animales sufrían la falta de forraje. Las familias tenían muchos hijos que se criaban como se podía, con lo que alcanzaba. Por eso los pies casi siempre estaban descalzos, la ropa se heredaba de grandes a chicos y los utensilios se hacían durar, pues todo el trabajo de padres e hijos mayores alcanzaba apenas para alimentarse.

Recuerdo que en otoño se aprovisionaban carretas de bueyes con harina, aceite, arroz, fideos, yerba mate, azúcar y té. Sacos de trigo para los pollos, harina tostada y alguna garrafita si se podía. Eran los ingredientes de la supervivencia en la alta montaña. Esas carretas no volverían hasta la primavera, dependiendo del camino. Los huasos olían a manta mojada, a ropa percudida, a cuero de chivo, a sudor, a humo. Manos grandes, manos de acero, surcos profundos en el rostro, mirada mansa, de sabiduría, de paz con la naturaleza, de recogimiento ante los antepasados. El humor y la picardía eran parte de la diplomacia, de la honestidad de las formas. La generosidad se llevaba en el alma, ni siquiera era un tema para pensar o discutir.


Cosecha de morrones

El general Omar, guardián en jefe de nuestros dominios, supervisando la cosecha.
Jorge Muzam

Ayer coseché los morrones del huerto. Dejarlos más días a la intemperie los hubiese quemado con la helada o pudrido con la humedad que deja la lluvia. Algunos se consumirán frescos y el resto será rebanado y congelado para acompañar los guisos del invierno. Aproveché de tomar los tomates cherry que aun siguen madurando y llené la carretilla con zapallos camote, que este año crecieron poco, pero cuyo sabor no desmerece ante los zapallos gigantes.

Casi todas las casas sanfabianinas poseen un huerto. Grande o pequeño, nuevo o antiguo. Algunos se han heredado de generaciones pasadas. Lo que se produce en los huertos es relevante en la economía familiar. Lo que la tierra nos brinda deja de comprarse, destinando el siempre escaso dinero a menesteres más acuciantes. Hay vecinos que han logrado generar excedentes y vender su producción. Han construido invernaderos firmes, preparan almácigos, mejoran la tierra y la semilla, y el resultado lo disfrutamos todos los sanfabianinos que podemos acceder a sus productos orgánicos a precios razonables.

16 de mayo de 2017

Harinado para celebrar la tarde / Crónicas de San Fabián

Jorge Muzam

Un harinado para celebrar la tarde, la siembra de avena, el advenimiento de una nueva lluvia. Vino de montaña, harina tostada de don Chando Ramírez, cucharadas de dulzor desde un azucarero centenario. Las camisas están mojadas, hay surcos de alegría sobre la mirada, manos ardiendo de tanto levantar sacos y troncos espinosos. El día está lejos de terminar. Se oyen motosierras en el bajo del río, martilladores de cabañas para turistas, nguillatún de queltehues. El valle es un hormiguero de labores. Pronto vendrá la poda, la siembra de arveja, la reubicación de los frutales pequeños, la selección de arbustos medicinales. Este año aportaremos natre, hinojo, tilo y barraco. Hemos andado por los cerros, entre quilas y robles, sugiriéndole a vacas y chivos que volver a la civilización no es cosa tan mala. Poco caso nos han hecho. Desde arriba las pueblas son maquetas liliputienses, el Ñuble un brillo de babosa. Ya bajando nos han invitado a capear la lluvia en cocinas humeantes. Convidado mate y tortilla, conversación amistosa, caballerosidad en las formas, infinito respeto. El tema preferido es el recuerdo de tiempos mejores, la nieve que absorbe las botas, la manta de Castilla pesada como cordero mojado. El humor corre por cuenta de los borrachos excesivos. La mona de seis días. La garrafa empinada como lema de arriero de mil batallas. Es la tradición cordillerana de hombres libres que sobreviven las tardes de invierno filosofando en torno al fogón.

21 de abril de 2017

Reconocerte en el silencio

Lorena Ledesma

Levantarte antes del amanecer. Reconocerte en el silencio. Una ducha caliente y una taza de leche con café. Afuera Tatón ronca tiernamente. ¿Sueña? Las noticias no me tocan, una sospechosa distancia astral me hace indiferente. Eso no es usual. Tomarte el tiempo necesario para encontrarte suficiente, necesaria, indiferente. Libre. De camino al trabajo el frío me da un abrazo frío y alegre. Nunca antes el frío me había causado esta felicidad. Recorro la mañana con asombro, a pie. Recolecto imaginariamente cada flor, saludo a los perros, intento reconstruir historias en estas calles que usualmente me parecen ajenas. Me sonrío. Deconstruirme es mi pasatiempo favorito, tanto como jugar a la rayuela con las baldosas, contemplar las nubes o fotografiar árboles. Es bueno esto de tener días en los que te sentís de una sola pieza.


*Texto extraído de un estado de Facebook de la autora.

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