Amar a los animales / Notas sanfabianinas

 

Jorge Muzam

Hace muchos años tuve que enterrar a Copo, nuestro exuberante ovejero inglés. Había llegado de cachorro y vivió toda su vida perruna junto a nosotros. Cuando papá lo trajo a casa, parecía una pelotita de lana blanca. Mis hermanos eran aún pequeños, luego se hicieron adolescentes y hasta se marcharon de casa y Copo seguía siendo nuestro perro guardián.

Fue triste. Me encontraba solo. Lo vi agonizar, suplicar con la mirada. El cuerpo dejó de responderle pero sus ojos seguían llenos de vida. Fue el perro más amigable y leal que conocí en mi vida.

Años después perdimos al señor Toncio (que era el hámster de mi hija) por una estúpida negligencia mía. Me rompía el corazón verlo siempre encerrado en su jaulita y una tarde que salimos a pasear, lo dejé libre dentro de la casa. No contemplé entre los posibles peligros a los abundantes forados y desniveles que había dejado el reciente terremoto. El señor Toncio cayó accidentalmente en uno de estos forados y se encontró de frente con nuestra perra. Pienso que él la miró con curiosidad, sorprendido, quizás alegre, pero ella era una chica de ancestros ratoneros y no desperdició la oportunidad de zampárselo. Llegué tarde, cuando la perra ya lo había despedazado. Nunca pude contarle esa dura versión a mis hijos, pero yo quedé devastado. Sé que a ojos de otra persona puede parecer algo fútil, pero no sé cómo llegué a encariñarme tanto con ese ratoncito. Aún lo recuerdo, aún siento culpa y cada tanto me tropiezo con la página que le habíamos hecho en Facebook.

Recuerdo el rostro de mi abuelo cada vez que le atropellaban alguno de sus perros regalones. Parco y huraño como viejo policía retirado, su lado afectuoso y juguetón lo encauzaba hacia sus mascotas. Pero le duraban poco. Eran traviesos, salían de repente a la calle y los atropellaban, o se le escapaban de la camioneta cuando iba con ellos a hacer sus diligencias. Recuerdo su mirada compungida, su silencio de varios días.

En la película Madadayo, de Akira Kurosawa, le sucede algo similar al viejo profesor. Pierde a su gato, y ese drama lo entristece más que haber perdido su hogar por los bombardeos.

Al regresar a mi hogar de infancia tras treinta y un años de ausencia, me amisté con el señor Máster, mestizo viejo de ronco ladrar que cuidaba la casa de mi madre. Era manso, enorme y sabio, digno de respeto. Lo habían traído de Santiago donde cuidaba una casita de La Pincoya. Nos acostumbramos a rutinas inclusivas. Me acompañaba a buscar gallinas y chanchos. A encerrar las ovejas. Con él a mi lado todo se volvía más fácil. Las indisciplinas de los otros animales se volvían inadmisibles. Por mi parte compartía parte de mis once, pancitos con algo sabroso, un hueso con suficiente carne para que no royera puras ilusiones. Sufría de estreñimiento pues lo alimentaban mal. Repito que yo solo era su amigo, no su propietario, y no podía meterme demasiado ya que la nueva pareja de mi madre que había traído el perro no se destacaba por la suavidad en el trato hacia los animales. Así anduvimos un par de años. El señor Máster me acompañaba al potrero, yo lo compensaba con lo que podía, él sufría sus estreñimientos y exactamente a las 8 de cada tarde-noche ladraba media hora bajo los enormes encinos. 

Pablo Neruda cuenta una historia parecida en Confieso que he vivido. Durante su estancia en Batavia como cónsul, pierde a Kiria, la mangosta que lo seguía imprudentemente a todos lados.

"Por aquellos días perdí a Kiria, mi mangosta. Tenía la riesgosa costumbre de seguirme adonde yo fuera, con pasitos muy rápidos e imperceptibles. Ir detrás de mí significaba lanzarse hacia las calles que cruzaban automóviles, camiones, rickshas, peatones holandeses, chinos, malayos. Un mundo turbulento para una cándida mangosta que no conocía sino a dos personas en el mundo.Pasó lo inevitable. Al volver al hotel y mirar a Brampy me di cuenta de la tragedia. No le pregunté nada. Pero cuando me senté en la veranda, ella no saltó sobre mis rodillas, ni pasó su peludísima cola por mi cabeza.

Puse un aviso en los diarios: "Mangosta perdida. Obedece al nombre de Kiria". Nadie respondió. Ningún vecino la vio. Tal vez ya estaría muerta. Desapareció para siempre.

Brampy, su guardián, se sintió tan deshonrado que por mucho tiempo no se mostró ante mi vista. Mi ropa, mis zapatos, eran atendidos por un fantasma. A veces creía yo escuchar el chillido de Kiria que me llamaba desde algún árbol nocturno. Encendía la luz, abría las ventanas y las puertas, escrutaba los cocoteros. No era ella. El mundo que Kiria conocía se había transformado en una gran estafa; su confianza se había desmoronado en la selva amenazante de la ciudad. Me sentí por mucho tiempo traspasado de melancolía." 
(Pablo Neruda, Confieso que he vivido)

Desde hace seis años nos acompaña en nuestra casa sanfabianina, Tatón Federico, un bichón maltés de extraviada alcurnia. Muy allegado a nosotros e incapaz de fraternizar con otras personas o animales. Tiene trazos de gavilán pollero lo que lo convierte en un perro suicida en estos territorios donde abundan los gallineros. Por esto nos acompaña todo el día, y en la noche se va a dormir a su alcoba ubicada en el lavadero de ropa. Es propietario de una mordisqueada pelota verde marca Milo y de uno que otro palito que roba desde el costado de la estufa. Más allá de eso su vida es dormir, ladrarle a los ciclistas que pasan por la calle y cenar justo a las 19:30 horas.

Leyendo a Neruda, recordé a Copo, al señor Toncio, al señor Máster, a Tatón Federico y a todos los animales que pasaron por mi vida, a todos esos sentimientos que se albergaron en mí y que crecieron con la misma imprudencia con que Kiria y los perros de mi abuelo cruzaban la calle.

 Ellos llegan a ocupar un espacio tan importante, un espacio incomprensible para quien no ame a los animales, para quien no logre entender sus lenguajes, sus afectos, sus necesidades. El problema es que se van tan pronto.


Fotografía: El "Duque". Lorena Ledesma.

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