9 de agosto de 2017

El valor de lo que no tiene precio



Jorge Muñoz Zambrano

Pocas cosas se equiparan a la violencia de que te arranquen de tu tierra, que te hostilicen, que te expulsen. Más aun para quienes han vivido durante generaciones en plena cordillera desarrollando un modo de vida tan profundamente arraigado a las condiciones de su entorno. Gente que vive en armonía con la naturaleza, que la respeta, que toma de ella solo lo que necesita para subsistir. Ni todo el dinero del mundo compraría la felicidad de vivir en medio de esas montañas. Allí el espíritu encuentra su dicha, su oxígeno, su espacio, su plenitud. Pero hay quienes han decidido expulsarlos para construir un monstruo abstracto, difuso en su utilidad, engañoso en su riqueza. Son los que desconocen el valor de lo que no tiene precio, como el paisaje, los recuerdos de infancia, la memoria de los ancestros, el asombro ante el cambio estacional, ante los colores, los aromas, el parir de los chivos, el grito solitario de la tórtola, el rugir de un río caudaloso, el relincho de un caballo entusiasmado, la esperanza feliz ante el relevo de cada nueva generación, el traspaso del esfuerzo, del conocimiento, del orgullo por lo propio, por lo que le da sentido a la suma de los días. Nada de eso podrá estar en subasta nunca. 

Desde 1930 al menos, cuando el cura párroco de San Carlos, Estanislao Godoy, transitaba a caballo por la zona y reparó en la pared rocosa que se encuentra en el sector Punilla, que se comenzó a difundir la idea de la construcción de un tranque en ese lugar. A partir de entonces se transformó en un recurrente tema de conversación, en caballito de batalla político, en sueño grandilocuente de hombres de oficina, aunque siempre vinculado a San Carlos, a sus terratenientes y políticos, quienes clamaban por un embalse que sirviera para irrigar la provincia de Ñuble, para aumentar la tierra cultivable de los grandes hacendados, presión que se mantuvo inalterable y que contó con el apoyo atarantado de algunos alcaldes y funcionarios de paso, de San Carlos y San Fabián, que intentaban justificar el proyecto con el hipotético desarrollo que traería aparejado para la comuna cordillerana. Era usual que estos funcionarios vieran atraso, pobreza y lejanía donde en realidad existía un modo de vida autosustentable, basado en la colaboración, en la solidaridad de hombres libres, y no en la competencia, no en el arribismo. Era fácil promover algo de esa envergadura para quienes estaban lejos del drama que involucraba remover de sus territorios a otros. 

El embalse de riego mutó en el camino a embalse multipropósito y a poderosa hidroeléctrica, mutación que cambiará para siempre el sentido prístino de nuestra tierra, los cimientos de nuestra identidad arriera, la potencial riqueza turística que brinda la naturaleza virgen y que trastocará el orgullo de haber vivido en uno de los lugares más hermosos de la tierra.

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