27 de diciembre de 2016

Tordos en la niebla (fragmento)



JORGE MUZAM -.

Empezaban los ochenta. Una de mis ocupaciones de aquellos días era comprarle los abarrotes a mamá. Para ello debía ir al pueblo no menos de tres veces al día. Mamá solía necesitar pancitos de levadura para hacer pan. Bolsitas de comino para las sopas. Botellitas de vainilla para los queques. Aceite, pasta de zapato, detergente, blanqueador, shampoo, manteca y un sinnúmero de productos. Todos comprados uno a uno, con monedas que salían de la venta de los huevos. Tras lavarme la cara y el cuello, cambiarme la polera y peinarme con empeño hasta derribar las mechas paradas, me iba caminando hasta el pueblo, siempre contemplando el Malalcura, el Alico, el Valiente, las vacas de don Hernán Montecinos, los caballos de las monjas, las hijas del alcalde Lagos. Disfrutaba oyendo el rumor del viento en la alameda de Huallería, el frescor de Avenida Purísima, el rechinar del viejo portón del cementerio. A veces subía contra el puelche, medio ladeado, y en otras empujado por un temporal, azotado por granizos o achicharrado por el implacable sol veraniego. Saludaba a quienes se me cruzaran, con caballerosidad, con cortesía, porque así me nacía naturalmente y porque era la costumbre sanfabianina, saludarse siempre. Quien tenía sombrero se lo levantaba. Quien tenía la suficiente confianza resaltaba con picardía el apodo del saludado. 

Así llegaba hasta el negocio de la señora Feli, amable dama que siempre obsequiaba a mi espíritu una sonrisa, que preguntaba por la salud de cada integrante de mi familia, que se tomaba todo el tiempo del mundo para hacerme sentir bien en cada pequeña transacción.

A una cuadra de distancia estaba el almacén del señor Bustamante. Una antigua casona de adobe cobijaba el negocio más surtido del pueblo. A él le compraba velas, fideos, arroz, azúcar y té. El señor Bustamante era tan afable como la señora Feli. Noble y atento caballero, sonriente, comprensivo, preguntaba por mi familia y por la suerte de los animales. Diría que contribuyó a hacer más llevadera mi infancia, pues me obsequió caramelos por cada pequeña compra. Su frase típica: “Para que endulce la vida”.


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