23 de marzo de 2017

Farmacia natural / Crónicas de San Fabián

Jorge Muzam

Voy a la farmacia de mi huerto a inspeccionar posibles atenuantes de mi primer resfrío otoñal. En el camino recuerdo que debo plantar un tilo, cuya infusión era la preferida de mi infancia. Tan aromática y sabrosa que daba gusto recuperarse. En aquellos años, 70 y 80, de temporales invernales interminables, enfermarse era tema cotidiano, sobretodo a quienes nos gustaba chapotear en los pozones del camino o meternos pedazos de escarcha en la espalda. Cuando el asunto se complicaba, mi madre nos llevaba al consultorio de las monjitas, que estaba en calle Andes, junto a lo que hoy son las cabañas de don Iván Contreras. Con gran amabilidad y delicadeza nos atendía una monjita enfermera que tras comprobar la situación recetaba remedios caseros o nos daba obleas chinas. La posta solía estar llena (en esos años había más población que ahora) y esperar durante tantas horas entre gente enferma de mil males solía empeorar las cosas.

En casa era habitual que durante los meses fríos hirviera un tarro con hojas de eucalipto sobre el brasero. Su inhalación contribuía a la descongestión familiar. Si subía la fiebre nos íbamos a la cama con lonjas de papa sobre la frente. Si el pecho zumbaba, nos encremaban con mentholatum y encima nos envolvían con diarios. Si los oídos empezaban a doler demasiado, mamá encendía un cucurucho y procuraba que el humo hiciera efecto en el oído (remedio ancestral hoy muy discutido) En la habitación se dejaba durante la noche una cebolla rebanada por la mitad porque se creía que aspiraba el resfrío.

Para otras afecciones manteníamos un mueble acondicionado como botiquín de guerra: cáscaras secas de granada, tallos de pichi, atados de manzanilla, plantitas secas de tomillo, semillas de tilo, hojas de laurel y de boldo. Para el dolor de cabeza, el romero. Para los empachos, papa rallada con aceite y limón. Para las hinchazones, agüitas de apio y orégano. Para refrescar el estómago, culén y cedrón. Cardo blanco para limpiar el hígado. Natre para la fiebre. Ajo para todos los males.

Un plantón de ruda nos proporcionaba infusiones a lo largo del año y la usábamos para combatir espasmos y dolores musculares.

Hoy regreso al huerto familiar que está en proceso de repoblamiento de especies medicinales. Solo encuentro tomillo y tomatitos cherry, poderosos restauradores de vida, de buena salud. La hermosa vista de mi valle azulado me alegra, mejora perspectivas, conmueve el ánimo. Debe ser porque San Fabián mismo es un aliciente para amar la vida.

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