13 de enero de 2017

Recordar los viejos tiempos / Crónicas de San Fabián



JORGE MUZAM -.

Noche de enero en San Fabián de Alico. Brisa fresca con aroma a cedrón de huerto, a puelche de río sazonado de peumo. Esporádicas luciérnagas pasan haciendo su ronda nocturna. Bebemos mate en la penumbra aguaitando estrellas fugaces.

En los momentos de calma nos gusta recordar los viejos tiempos. El fogón de la cocina. Los porotos con papas. Los crudos e interminables inviernos. El olor a manta mojada, a caballo sudado, a piedra mojada en el pozón de la Puntilla.

Casi todos éramos muy pobres. Ni sé cómo sobrevivíamos. En el colegio nos tratábamos con rudeza. Topeaduras, cacha mal paga doble y patá en la raja. Comíamos polvo mañana, tarde y noche. Los profesores nos daban coscachos porque sí y porque no. Y nuestros padres y madres se deslomaban cada día para conseguir lo justo para seguir viviendo.

Hoy somos menos pobres. Tenemos cosas que entonces ni imaginábamos. Televisor, lavadora, un baño moderno, un celular. Pensar que hasta hace tan poco había un sólo teléfono en todo el pueblo. Y en la casa nos alumbrábamos con velas y chonchones que hoy han quedado arrinconados entre los trastos viejos. Porque la luz actual se consigue apretando un simple interruptor. Y el agua de pozo que nos prodigaba su frescura terrosa para el tazón con harina tostada o el pichón invernal, hoy es historia antigua. El agua potable llega a todos lados. Nos podemos duchar con agua tibia a cualquier hora. Y cambiarnos ropa a menudo, porque es mucho más barata que antes, cuando debíamos darnos vuelta con un solo pantalón todo el año. Y un par de zapatos, el que podía. Porque muchos de nuestros compañeros de los 70 y 80 tenían que resistir la fiereza climática con chalas de neumático.

Hoy estamos mejor en muchos aspectos, pero recordar esos tiempos nos envuelve de nostalgia. Quizá porque se conversaba más, se sonreía más, y se repasaban los pormenores del día junto a un tazón de café de trigo o un par de huevos fritos untados con tortilla de rescoldo. Los padres y abuelos tenían tanta fuerza, coraje y determinación que nos generaban admiración y deseos de aprender de ellos. Es verdad que cuando se enojaban nos agarraban a guaracazos, pero solo había que arrancar, si es que se podía. Al rato se retomaban los roles y todos volvíamos a ser amigos. Nadie se encerraba en su mundo egoísta, porque compartir era la norma, colaborarnos un deber, repartir los frutos una necesidad.

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