4 de abril de 2017

Mate amargo / Memorias argentinas

Lorena Ledesma

Son las de las 10 de la mañana. Afuera llueve apaciblemente. El repiqueteo de las gotas en las chapas del techo se convierte en música para mis oídos. Las odio cuando hay viento pero las disfruto bajo estas circunstancias. Los chicos no asistirán masivamente a clases por el repentino aguacero y me parece perfecto. Tan pobres y mal cuidados desde su nacimiento, son propensos a desarrollar enfermedades rápidamente. Además, sé que lo único que aprenderán en días como estos será ver a la maestra charlar con sus colegas o limarse las uñas. Ante el aburrido panorama me preparo para tomar unos mates.

Emprendo mi ritual personalizado con algo de torpeza y mucho desgano. Pienso: mis mates son horribles. No es pesimismo. Hace años que intento hacer un mate decente pero no me sale y los que han tenido la desgracia de probarlos confirman mi certeza inicial. Por el contrario, he tenido el honor y el placer de tomar mates excepcionales:

-Los mates de mi amiga Graciela eran extremadamente dulces. Le ponía cantidades inmensas de azúcar a su matecito de cerámica blanca con flores. Decoraba la mesa con servilletas de colores, colocaba en el medio una canasta con tostadas Riera, junto a unos pequeños recipientes colmados de mermelada de duraznos y queso crema. Lo que hacía especialísimos a esos mates era que al ser ella mi compañera de infancia, nuestras charlas estaban plagadas de recuerdos mínimos, sueños y esperanzas que el tiempo no desgastó. Ella me acompañó en miles de travesuras y aunque ahora es una profesional de primera línea con un salario que humilla a muchos de nuestros ex-compañeros, cuando tomamos mates volvemos a aquellos tiempos en que nos sentábamos a la sombra de un árbol a leer a Allan Poe en una tarde de verano.

- Los mates de mi abuelo Demesio eran aterradoramente calientes. A la vieja usanza, bien de campo. Preparaba su mate en un recipiente plateado de metal y usaba como pava un jarrito que no retiraba nunca del fuego, de modo que siempre estaba en estado de ebullición. Empleaba la yerba más fuerte de la zona litoral: Playadito. Se solía sentar frente a la larga mesa del comedor de la casa a mirar un culebrón mexicano o brasilero en el más perpetuo de los silencios. Si se te antojaban unos de sus mates abrasadores sólo debías ponerte a su lado en silencio porque si osaban hablarle y hacerle perder una sola línea te expulsaba de la mesa con un sonoro grito. Empecé a compartir con él esos mates solamente para estar a su lado un rato, cuando tenía unos 10 años. En aquel entonces, el sabor amargo y muy caliente de la infusión hacía estragos en mi boca. Era normal que me vieran comer chocolates luego de acompañarle un rato para quitarme esa sensación. Recién ahora soy capaz de reconocer que esos mates eran sabrosos en su particularidad. Pero para mí lo valía porque era una de las pocas veces que le podía ver reír detrás de sus tupidos bigotes blancos cuando en la tele ocurría algo cómico. Ciertamente que yo no atendía a la tele sino a los movimientos de mi silente abuelito.

- Los mates de mis tías son de un amargor neutral en base a yerba Rosamonte. Se ceban en ronda prolija y constante. Son tal vez los mates más tomables de todos por su temperatura precisa y el gran tamaño del mate forrado de cuero y bombilla de alpaca. Aunque no tienen ni un granito de azúcar no son del todo amargos y jamás se les queman. Encuentro en ellos un efecto tranquilizador y casi digestivo, puede ser porque los toman solos sin comer nada. Es posible que haberlos tomado compulsivamente en los años de estudio terciario y durante el ejercicio de la docencia de jornada completa sean en parte la explicación de su maestría en este arte. Me encantaría saber el secreto y poder hacerme unos parecidos.

- Los mates de Horacio son de especialista. Horacio era mi compañero de trabajo en Buenos Aires, quien me reemplazaba en el hotel para cubrir el turno de noche. Llegaba todas las noches en su cara bicicleta y me saludaba con un gruñido. Mientras guardaba su medio de transporte citadino, le veía preparar el mate como lo aconsejan en muchos instructivos como los que abundan en internet o en las revistas para amas de casa. Tuvo la desgracia de probar dos veces mis mates pero no volvió a repetir el horror, de modo que antes de pedirme el resumen del día hacía los suyos mientras se burlaba de los míos. Espumosos, amargos y sabrosos... se podía tomar mates de calidad con él durante horas sin darse cuenta. Tenía ciento un mil mañas y reprendía a todos los que infringían alguna de las normas del buen mate. Recuerdo haber salido del trabajo muy tarde porque nos entreteníamos demasiado con la charla y los mates.

- Los mates de mi mamá son dulces moderados y solitarios. Esos los robo de pasadita o recibo alguno tras una seguidilla de ruegos. Se preparan con alguna mezcla de hierbas y siempre están junto a una bandeja con facturas. Los toma en compañía de la radio y en forma pausada mientras se esfuerza por tejer algo que termina siendo un espanto imposible de usar. Cada hora se queja del agua que se le enfrió, pero eso es sólo culpa de su ritmo y distracción. Cuando la observo a lo lejos tomar mates me doy cuenta que se parece mucho al abuelo, callada y concentrada. Aunque se enoje le robo en cada pasada un mate y una punta de sus "vigilantes".

- Lejos el mejor cebador es mi papá. Con dos mujeres celosas a su alrededor se prepara con dos mates, uno amargo que comparte conmigo y otro dulce para mi mamá. Con un ritmo perfecto reparte mates a diestra y siniestra con pasito acelerado y silbando alguna canción que recuerda de su niñez santiagueña. Con gran tino intercala la infusión con unas galletitas con queso para mí y otra con pepas de membrillo para su esposa desde hace treinta años. No se pueden recibir sus mates más que con profunda alegría ya que van acompañados con tiernas palabras amorosas que son más pegajosas que sus canturreos al podar el jardín... "Mi vida, mi cielo, mi corazón" derrumban las corazas del corazón de mamá. Es divertido verla atajarse la sonrisa que esto le produce mientras él sonríe sin problemas sintiéndose victorioso. De hecho esta batalla la ganó cuando tenía 20 años y conquistó a la odiosa Graciela.

Mientras repasaba estos momentos me tomo mi primer mate... Está horrible! Frío, quemado, insulso. Miro mi termo de acero brillante, mi mate con el escudo de River, la pava eléctrica con indicador de temperatura para mates y el tarro con yerba CBC de mezclas de hierbas serranas... Todo es perfecto... Lo malo es la cebadora. Dulces recuerdos, aún de los amargos, pero amarguísima mi realidad... Al rato terminaré tomando un té!!

En los años que llevo de mala cebadora he probado buscando información en distintos medios para corregirme pero es inútil. Leí montones de cosas sobre el mate. En internet abundan explicaciones de lo más extravagantes y notas bien curiosas sobre los significados y métodos ilustrativos de los más variados. Hace poco vi un curioso video en Youtube hecho por unos estadounidenses qué explicaban cómo preparar un "tea" argentino. Eso me hizo recordar las miles de preguntas que me hacían los huéspedes del hotel donde trabajé hace unos años. La verdad es que no a todos los argentinos les gusta el mate y que hay miles de modos de prepararlo, tomarlo y compartirlo, lo cual depende de la región donde uno esté. Ahora que vivo en una provincia litoraleña, tras años de rondar la cosmopolita Buenos Aires donde se prefiere un café por el ritmo que impone la vida allí, descubro que se bebe siempre, en ocasiones como reemplazo de la comida, dadas las carencias y necesidades de la región, y en cualquier lado haciendo gala de una habilidad asombrosa. Los suelen acompañar con chipacitos, una preparación a base de harina de maíz con queso que a mí me fascina. Cuando la temperatura ronda los 40 se reemplaza por su versión fría llamada tereré que lleva agua fría o jugos sintéticos y mucho hielo... Rico e interesante...

El mate genera odios y amores, por tanto lo considero bien argentino y estoy en desacuerdo con los que lo rechazan tajantemente como ícono. Siempre hay un mate cerca acompañándonos, lo tomemos o no...

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