El gran farfullador * / Notas literarias

Escritor chileno Claudio Rodríguez Morales.

Claudio Rodríguez Morales

Jorge Muzam no lo recuerda con precisión, pero conocimos a Leoncio Blanco en los patios de la universidad a principios de los 90. La dictadura daba sus últimos aleteos, los gobiernos democráticos intentaban cambiar la lógica castrense por los acuerdos y nosotros éramos cachorritos recién destetados, ansiosos de lujuria y estimulación santiaguina. Leoncio usaba las grandes extensiones del recinto de Macul para caminar durante horas por sus senderos. Con sus lentes de triple aumento, su barba amarillenta y su bolso gastado, parecía como si buscara algún punto indefinido a través del azar, semejando una gran ficha de ludo.

Lo hacía siempre en compañía de los Gemelos Cósmicos, unos tipos con chascas frondosas partidas por la mitad –parecían las alas de un aeroplano de la Primera Guerra Mundial-, expertos en cine y esoterismo. Ellos, al igual que Leoncio, eran de origen curicano, llevando este gentilicio con cierto indefinible orgullo y algo de desprecio hacia el resto de los estudiantes. Este detalle, en mi condición de aprendiz balbuceante, me parecía una muestra de rebeldía notable.

Cierto mediodía, picábamos con Muzam de una misma colación, sintiéndonos dos guerrilleros de Sierra Maestra dispuestos en alcanzar la victoria a través del sufrimiento. “No te preocupes, con el pan nos desquitamos”, dijo mi camarada al saberme un quiltro más hambriento que él, acostumbrado como estaba a legendarios ayunos en la Precordillera. Llevábamos unos quince minutos haciendo malabares con la cuchara y el tenedor, cuando Leoncio y los Gemelos Cósmicos ingresaron al casino con su caminar distinguido. Parecían un monarca destronado flanqueado por dos escoltas, fieles en la derrota. Tras tomar todos en sincronía una bandeja del estante y esperar su turno en la fila, procedieron a compartir entre los tres una misma colación, enseñándonos que siempre es posible multiplicar aún más los alimentos en época de crisis.

Por esos mismos días, la profesora de Teoría Literaria conocida como miss Cintia, tras escuchar nuestras palabras de presentación en su primera clase, dejó traslucir una naciente preocupación: “¡Pero este curso está lleno de futuros escritores! –dijo esa nublada mañana de marzo-. Aunque me parece maravilloso para las letras, quiero saber si hay alguien que esté interesado en ser profesor. A fin de cuentas, esta carrera es de Pedagogía en Castellano”.

Yo recuerdo -mientras Muzam olvida- mi admiración hacia Blanco al ser el primer escritor de carne y hueso que me tocó conocer a mis 17 años (era cuatro o cinco años mayor que yo y ya contaba con estudios de guitarra clásica en Concepción) con textos pasados en forma impecable por la máquina de escribir. Leoncio tenía la gentileza de mostrárselos a aquellas compañeras que consideraba dignas de su arte, a modo de pequeños gestos de coquetería. Durante un recreo y en un momento de descuido, tomé las hojas y las leí con rapidez, como si con ello pudiese absorber una gota de talento. Eran alrededor de una docena de poemas metafísicos un tanto ininteligibles, pero musicalmente agradables. Se lo comenté a Muzam, lo que no le causó entusiasmo alguno. Blanco le caía como un elefante en brazos y siempre manifestó más cercanía con el tufillo bukowskiano de Django González.

Más adelante, la memoria reproduce el comentario despectivo de Leoncio sobre Octavio Paz (lo llamó fascista), aunque no logro precisar porqué motivo lo dijo. Lo muestra, otro día, afinando una guitarra española con una pierna arriba de un asiento de madera, como si se tratara del cuerpo de una bailarina a quien ayudaba en sus elongaciones. También lo veo contemplando un cristal entre sus manos como si estuviese punto de lanzar una oda a las maravillas de los efectos visuales.

Lo que sí tengo grabado a fuego -más que nada por su nivel de impacto y de ruido- fue su altercado con miss Cintia. Para quienes no la conozcan, ella semejaba ser más un hada flotante que una mujer de “a de veras”. Suave y delicada, toda amabilidad. El motivo de la rencilla radicaba en una diferencia en la bibliografía del curso que a nadie con dos dedos de frente podía importar. Salvo a Leoncio, por cierto. Abandonó la sala de clases tirando su escritorio al suelo y dando un portazo, mientras miss Cintia intentaba responder a su pregunta, notoriamente complicada por la agresividad de su alumno con alma de rockstar. Yo lo consideré un acto contestatario, mientras que Muzam una soberana estupidez. “No le va a ir bien a ese Leoncio –dijo Paolita con su voz de femme fatale, mientras se colgaba de mi hombro lanzándome su hálito de tabaco-. Esa vieja es esposa de un milico o de un gallo de los aparatos de Inteligencia de Pinochet”.

Al menos por esos días, ese arrebato de divo no le trajo consecuencias a Leoncio, pues continuó aplanando el pasto de la facultad con destino indefinido, junto a los Gemelos Cósmicos curicanos, sin que se viera mermada su integridad física.

Casi al finalizar ese año, nos tocó presenciar un encuentro cumbre entre Leoncio y Django en los patios de la universidad. Este último acaba de sacar un libro de poemas lo que causó mucho revuelo en nuestro curso, en especial entre las compañeras. Todas ellas asumieron con mayor convicción su rol de grupies del barbudo vate con nombre de pistolero. Incluyendo, para pesar mío, a Paolita, quien decidió cambiar mi hombro y mis arbustos por los de Django.

-Vas a tener que decirme cómo es eso de sacar un libro –dijo Leoncio, refugiado detrás de sus gafas de triple aumento y manoseando la misma guitarra de siempre-. Yo no tengo idea de todo el leseo que hay que hacer y tampoco tengo muchas ganas de saberlo. Lo hago por obligación, pero cuando tenga un secretario, dejaré todo ese cacho en sus manos.

-Me cargan esos huevones que se las dan de mijitos ricos y dicen que sólo les interesa escribir y que todo lo demás es molestia –contestó Django-. Pero, aún así, y porque me caís bien cabrito y tenís un pizca de talento, te voy a ayudar.

-Muchas gracias, señor escritor –contestó Leoncio-. Disculpe que lo moleste, ahora que se ha ganado el Nobel.

Cuotas de veneno mutuo entre dos genios y figuras. Nosotros sólo debíamos escuchar y callar -pensaba entonces bajo las nubes de Macul-, a ver si algo aprendíamos sobre cómo ser un intelectual antipático de manera cabal. Muzam, como era de esperarse, difería de aquello:

-Nosotros somos tan grandes como ellos –dijo con seguridad-. No pierdas el tiempo escuchándolos demasiado. Django ya me entregó su libro con dedicatoria y se lo agradezco. Pero ahora debemos preocuparnos de nuestros propios asuntos.

¿Qué clase de asuntos?, se preguntarán. Beber Cinzano, contemplar a las chicas de la carrera Educación Diferencial y soñar con la revolución socialista y nuestra propia inmortalidad.


* Título pedido prestado –sin avisarle previamente- a Jorge Muzam. Pertenece a un relato notable de su autoría sobre un escritor gruñón que gestó a fines de los años 90. Circulaba de mano en mano en fotocopias arrugadas unidas por un corchete. Actualmente, el texto se encuentra extraviado. No sé porqué pero me tinca que por un lío de faldas.

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