26 de febrero de 2017

Vieja escuela / Crónicas de San Fabián



Jorge Muzam

Entre el 77 y el 84 estudié en San Fabián. Desde kinder a 7º básico. Parte de esa experiencia la narré en mi libro Tordos en la niebla, cuyo boceto preliminar se encuentra disponible en la biblioteca de la comuna. La obra completa en formato de libro saldrá a mediados de 2017.

Ingresé cuando se llamaba Escuela Nº10 y el director era don Hugo Humaña, una persona sin duda respetable y culta que le hacía honor a su cargo. Luego le cambiaron la denominación a Escuela E-177, y el nuevo director fue Raúl Bustos. Coincidió con el año en que me fui cuando le pusieron Liceo C-88 Jorge Alessandri (nombre que me parece muy poco imaginativo, considerando que en el país hay docenas de colegios que se llaman igual). El establecimiento era el heredero de la antigua Escuela 4, que funcionó desde fines del siglo XIX, y que en los años 30 se dividió en la Escuela de Hombres Nº13 y la Escuela de Niñas Nº10. En el 65 se terminaron de fundir en la Escuela Nº10, formando parte de la reforma estructural que venía catapultada desde el gobierno de Jorge Alessandri.

Para mi generación fueron días interesantes. Había cierta libertad de acción, mucho "dejar hacer" y cierta rudeza en el trato. Las diferencias se arreglaban a cachuchazos, a la salida o en los arenales que había entre los pabellones. Los profesores, la mayoría, se hacían temer repartiendo reglazos, varillazos y coscachos de acuerdo al ánimo con que se habían levantado. Algunos eran más meticulosos y se habían especializado en el arte del pellizcón, la gomita y los platillos. Predominaba entre ellos cierto clasismo hacia nosotros, hijos de campesinos, clase baja la mayoría, y no parecían encontrar motivos para esforzarse en brindarnos una buena enseñanza. Recuerdo tantas clases perdidas en que solo hablaban de sus asuntos personales para rellenar el tiempo o se dedicaban a mofarse de nosotros y a inventarnos apodos.

Los inviernos eran rigurosos. La mayoría usaba mantas, botas, ojotas o lo que pudiera. Hasta fines de los 70 aun andaban niños a pata pelada, chavitos descalzos con un pantalón hecho jirones. La escarcha no se disipaba hasta el mediodía, los temporales duraban dos semanas ininterrumpidas, la lluvia humedecía hasta el alma. Era usual que llegáramos estilando al colegio y nos quedásemos así hasta la salida, oliendo a humo y a perro mojado.  Cuando no llovía nos engullía la niebla o nos empujaba el puelche. Y sin embargo, nadie faltaba a clases. Nadie se quejaba. Era el único mundo que conocíamos y no había forma de compararnos con otras realidades. Había pocos televisores y en cada casa la radio se anclaba en la emisora de las rancheras.

En el primer recreo hacíamos una larga fila frente a la cocina para recibir un jarro con un líquido lechoso con sabor a plátano. Nos daban dos galletones por cabeza y con eso resistíamos bastante bien la jornada. El resto lo aportaba cada uno con lo que traía desde su casa. Desde rebanadas de tortilla con manteca, sopaipillas, calzones rotos, trocitos de queque y hasta granadas. En tiempo de castañas las salas quedaban hechas un asco y era habitual que en días de temporal nos agarráramos a naranjazos.

En los meses cálidos nos íbamos hasta la Junta a pescar, o nos arrancábamos al estero de piedras, que entonces llevaba más agua. En La Puntilla y Las Vizcachas nos tirábamos piqueros hasta quedar azules de frío. Luego volvíamos furtivamente, haciendo camino cerca del Neco, cuidando que no nos echaran los perros.

Durante los recreos en el colegio nos escapábamos por unas barandas podridas que estaban detrás de los baños. Algunos iban a fumar, otros a comprar helados y los menos a traficar polquitas. Y conversábamos intentando arreglar nuestro pequeño gran mundo. Los que estaban internados aprovechaban de contarnos sus penas, el maltrato de los inspectores, los abusos nocturnos, las duchas frías. Nuestras compañeras, más recatadas, nos contaban casi susurrando sobre los manoseos que sufrían en la biblioteca y en las clases de educación física. De cualquier forma no había a quien más recurrir. Los niños no teníamos voz ni derechos. Recién en agosto de 1990 Chile ratificó su adhesión a la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas. Quizá por esto mismo lo que narro siguió sucediendo hasta muchos años después de que me fui de San Fabián. Si bien era algo que estaba en conocimiento de todos, los que tenían responsabilidad de mando no hicieron más que cubrirse las espaldas unos a otros.

Cuando finalizaba noviembre empezaban a madurar las cerezas. Dentro del colegio había una prohibición estricta de sacarlas. Nunca entendimos esa ferocidad de las autoridades para proteger las cerezas. Lo hacíamos igual, pero sabiendo que conllevaba un gran riesgo, un acto de extrema subversión en una época políticamente oscura. De esos años recuerdo un suceso muy triste, muy injusto, y que probablemente recuerden los de mi generación. Fue una brutal golpiza que dio el director de entonces a un grupo de alumnos. Lo hizo en el patio central, frente a estudiantes, profesores y funcionarios. La acusación era precisamente esa: haber robado cerezas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Translate

Creative Commons License
San Fabián de Alico Bog Noticias is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

Buscar en este blog