24 de septiembre de 2018

Ante todo, sanfabianinos


Jorge Muñoz Zambrano

Pasaron las Fiestas Patrias 2018. El desfile del 16 de septiembre congregó a mucha gente. No pocos dijeron que será recordado como uno de los más multitudinarios de la historia comunal. Y eso que las nubes bravuconeaban lluvia inminente. Había buen ánimo, aprecio en la mirada, cortesía sincera. Don Celerino ofreció el brindis de chicha en cacho al alcalde Almuna. Los chicos de La Montaña brindaron payas entrañables de humor y ternura. Se hicieron danzas a la trilla, se bailaron cuecas y se bendijo la nueva cuatrimoto de bomberos.

Comenzó el desfile con el encajonamiento de la banda de guerra del liceo. Bombo, platillo, tambores y cornetas. Gallardía juvenil. El Cholo, vestido de casco y rodilleras, volvió a ser presentado ante las autoridades, vitoreado por el gentío. La señora Flor desfiló con su carro eléctrico lleno de tortillas de rescoldo. Don Carlos González, de poncho y ojotas, guió una carreta con bueyes enormes. Los estudiantes, los profesores, los funcionarios, los clubes deportivos, de adultos mayores, las organizaciones femeninas, las emprendedoras de Trabuncura, Carabineros, el Sar, Cesfam y Bomberos, don Ramón encabezando el taller de cueca de don Hernán Troncoso, la multitudinaria huasada. Toda la comunidad viva de San Fabián marcando el paso del orgullo patrio, el pecho henchido de sentirse sanfabianino, enmontañado, siempre extasiado de belleza y oxígeno, de espacio y de luz.

A poco andar comenzó el encuentro "Entre Peñas y Parras". Los empresarios turísticos marcaron presencia. La plaza se llenó de color y alegría, de buen ritmo y aromas patrios.  La poblada se deleitó con la cocinería dieciochera. Se hicieron pocos los anticuchos y las empanadas. La espera se compensó moviendo el esqueleto con La Otra Sensación argentina, con los Potros del Sur, con los inmejorables terremotos de Ulises Soto. La lluvia se dejó caer con fuerza, pero el baile siguió inmutable, encendido, con los Potros arriesgando un cortocircuito.

Este 18 de Septiembre también será recordado por el aguacero persistente y la gran granizada de las seis de la tarde. San Fabián quedó blanco de granizos y pétalos de ciruelo. Las ramadas de Los Aromos siguieron vivas aunque despobladas. Quizá porque los grandes tomadores ya se extinguieron. Aquellos a los que poco les importaba que lloviera más adentro que afuera. Los que llegaban de los fundos el 17, se lo tomaban todo, se lo apostaban todo, se agarraban a huascazos de puro contentos y no se iban hasta que el caballo no se los llevara en calidad de bulto para la querencia.

Esta vez predominó la celebración mesurada al interior de las casas. Los viejos estandartes de la cordillera, los hoy adultos de San Fabián que tuvieron que marcharse a buscar mejores trabajos, sus hijos, sus nietos, los descendientes millennials, todos aquellos que escucharon desde pequeños de la magia esparcida entre estos cerros, del puelche que todo lo seca, del eco de los chivos perdidos en las quebradas. También de aquellos que se sintieron sanfabianinos por sangre, por hermandad, por deslumbramiento, por cariño, de todos ellos fue esta larga fiesta dieciochera.

En cada casa se brindó por los que ya partieron, por los que están y por los que vienen. Porque San Fabián es una continuidad, un encadenamiento de amor, templanza y sabiduría, una historia común basada en la fortaleza y el orgullo de ganarle siempre al destino.



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