23 de diciembre de 2017

El arbolito

Jorge Muzam

Los niños se enternecen con ese arbolito blanco que se levanta sobre el escenario vivo de la plaza de San Fabián. Hay una candidez en su diseño que se emparenta con el alma infantil, como un dibujo pintarrajeado a mano por un párvulo entusiasta, un delicioso primitivismo de Marc Chagall, un monstruo dormido de los Power Rangers, un pariente del Tío Cosa, un abominable hombre de las nieves. Desconozco si fue proyectado como tal, pero adquirió la categoría de instalación artística. Un objeto visto, extraño, vanguardista, que queda en el recuerdo, que provoca, que confronta, que trasciende lo feo y lo bonito. De tono celestón, gris conejo, con grandes guirnaldas artesanales doradas, amarillo-platinado y púrpura-azulado que le otorgan un tufillo eclesiástico.

No es el árbol de mall, tipo Falabella, que esperan los aspiracionistas adultos de San Fabián, ni los administradores de las páginas fachas del pueblo, tan eruditos artísticos ellos, que no trepidaron un segundo en lanzarse como buitres contra los diseñadores del arbolito, hiriendo con su habitual mala fe y su ponzoña barata.

El arbolito de esta navidad quedará como un hito en la historia del pueblo, porque congregó para bien y para mal a mucha gente que se acercó hasta la plaza para observar el motivo de tanta polémica. 

Personalmente me encantó. Quizá porque disfruto lo novedoso, lo peculiar, lo arriesgado, y porque se entronca muy bien con mi propia alma infantil, esa que daría cualquier cosa por volver a ser niño para dejarse sorprender y juguetear en torno a ese arbolito blanquecino. Y porque no olvido que hasta hace tan poco en San Fabián ni siquiera teníamos un gran árbol navideño para disfrutar, porque todos éramos pobres, porque todo era precario, porque el esquivo dinero apenas alcanzaba para parar las ollas. Y la navidad, nuestras navidades, se circunscribían a las ramas de pino que se instalaban en nuestras casas, decoradas con pedacitos de algodón, luces ralas y escasos regalos, cuando los había, porque sé que en muchas casas del pueblo, incluyendo la mía, ni siquiera hubo un regalo durante incontables navidades.

Lo relevante es que a los niños de San Fabián les encantó el arbolito de esta navidad 2017, y eso vale más que diez mil comentarios malintencionados.


P.D.: Sería interesante implementar desde el próximo año un concurso comunal de diseño de arbolito de navidad. Para que se exprese democráticamente la creatividad navideña de cada sanfabianino.







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