6 de febrero de 2017

Potenciemos el turismo en San Fabián



Jorge Muzam

San Fabián vive del turismo. Un turismo desordenado, incipiente, donde cada uno se rasca con sus propias uñas, donde la colaboración entre pares es escasa y el egoísmo se ensaña con el supuesto competidor.

Turísticamente, la comuna viene caminando a paso de tortuga desde comienzos de los ochenta. Entre el 80 y el verano del 82 hubo un breve auge de visitantes. Pero sobrevino la gran crisis económica y todo se fue a las pailas. La pobreza extrema se abalanzó sobre nuestra comuna por varios años. Antes del decenio de los 80 no había nada. Ni siquiera se entendía bien lo que era el concepto "turismo". Pasó la dictadura y pasaron varios períodos alcaldicios democráticos y el asunto siguió a paso cansino, sin que nadie tomara verdadera carta en el asunto, salvo parches insustanciales, para la foto, para cobrar a fin de mes. Algunas voluntades privadas nacieron y se fundieron en el nulo apoyo de nadie. La ausencia de perspectiva turística de todos los que pudieron hacer algo y no hicieron nada hoy nos llena de bronca, porque se perdió demasiado tiempo por culpa de gente inoperante. Al 2017 seguimos partiendo casi de cero. No hay Pladetur y aunque sumamos todas las características para transformarnos en Zona de Interés Turístico (ZOIT), no estamos en esa categoría. Creo que avanzar a paso firme para conseguir y mantener esa condición es un deber ineludible del municipio actual. 

Urbanísticamente se carece de identidad. Del viejo y hermoso caserío de adobe queda muy poco. Hoy no hay ordenanza que direccione el asunto y cada uno construye a su pinta y donde se le antoje. El resultado es un afeamiento progresivo del valle. Una anarquía donde cada uno construye para si mismo, para encerrarse, sin sentido comunitario ni estético. 

En cuanto a conducta, nos falta recuperar la afabilidad que caracterizaba a nuestros antepasados. Ser mucho más amables, aprender a saludar siempre, a dar las gracias, a sacarnos ese caracho altanero y orgulloso, tan desagradable, donde quien tiene unos pesos más que el resto se siente con derecho a desdeñar, a apocar, a mirar por el hombro a los demás. El clasismo en San Fabián es enfermizo, y eso que ricos verdaderos no hay ninguno. 

Debiéramos tener siempre en cuenta que quien nos compra algo, quien nos solicita un servicio, nos está haciendo un favor, y debemos agradecerlo siempre, con humildad, con cortesía, con una sonrisa, con buenas palabras. Y cuando un cliente es bien atendido vuelve siempre y su buena impresión la transmite a muchas otras personas, transformándose en un embajador informal de las bondades de nuestra comuna.

Aun siendo sanfabianino de nacimiento, me ha pasado demasiadas veces que saludo y no me responden, que compro algo y ni me miran, con una hosquedad e insolencia que da tristeza.  Me ha pasado en la bencinera, en las carnicerías, en los supermercados, en las verdulerías, en los pequeños almacenes, en los campings y en los buses.

Quizá por ser un pueblo pequeño, todos los males nacionales parecen comprimidos o intensificados. Clasismo, arribismo, cobardía, hipocresía, envidia. La colaboración es cosa del pasado. Los viejos se colaboraban en trillas y construcciones, se invitaban a compartir un asado, una cazuela, un jarrón de harina tostada. Hoy no lo hace casi nadie, y menos gratis.

El sanfabianino es bueno para juntarse en las esquinas, afuera de los almacenes, en los restoranes, en las peluquerías, en los asados y descuerar al gobierno municipal de turno. Encontrarlo todo malo, no valorar jamás la evidencia, hacerse eco y difusor del rumor malintencionado. La mala leche, las actitudes socarronas y la burla malintencionada, son cosa bien vista. Disfruta viendo cuando al otro no le va suficientemente bien, cuando tropieza, porque así no destaca y todo se mantiene en su sitio. El tema es que no se ayuda a construir nada en conjunto. Se espera que el municipio lo haga todo, que organice, que convoque, que reparta, que consuele. Y si no hay algo que agarrar, pocos salen de sus casas. Hay honrosas excepciones, pero la generalidad es así. Hoy se socava a Almuna, antes lo hicieron con Jardúa, con Fernández, con Contreras. Y ese parece ser el devenir de nuestro pueblo, una comunidad de buitres con el espíritu reseco.

Pero volvamos al tema "turismo". Directa o indirectamente, la mayoría de los sanfabianinos tiene algo que ver con el tema, alguna participación, alguna injerencia. Varios emprendedores se han visto afectados por el gran incendio. Escaso arriendo de cabañas, camping poco frecuentados, menos venta en los almacenes. El pueblo mismo se ve más despoblado que otros comienzos de febrero. De alguna forma, la temporada estival se vio trastocada a nivel país con esta catástrofe. Cambiaron los patrones de conducta turística e inevitablemente nos vimos afectados. Desde la autoridad municipal y los organismos de emergencia primó una visión responsable ante la vida de las personas, ante su seguridad. Por cierto que no ha sido bien comprendido. Pero las emergencias se tratan con medidas de emergencia y en ese sentido todos debiésemos remar para el mismo lado.

Queda pendiente la mitigación por el daño definitivo a una fracción de nuestro patrimonio natural por parte de los megaproyectos. Un daño imposible de resarcir, por cuanto se trastocó la armonía natural, se afectó el entorno ancestral de los lugareños, el cauce del río Ñuble, la flora y fauna, el bosque nativo, la belleza edénica del paisaje. La mitigación debe ser, por tanto, acorde al daño infligido, y debe permitirnos repotenciar nuestro turismo de una manera distinta y permanente.

No obstante lo anterior, San Fabián no ha dejado de ser un lugar muy atractivo. Las estaciones nos llenan el alma de gozo. El rumor del río Ñuble, la majestuosidad del Malalcura, los digüeñes de septiembre, las cerezas de diciembre, las castañas de abril. Aun gozamos de cierta tranquilidad ante la delincuencia, es posible vivir sin candado, las bicicletas que quedan descuidadas nadie las roba, podemos caminar a cualquier hora gozando de la sobrecogedora belleza del valle sin temor a ser asaltados, bañarnos en un río de aguas cristalinas, comer fruta orgánica casi todo el año y sentir que nuestros hijos crecen amparados en la seguridad que nos brinda nuestro ruralismo, nuestro aislamiento. Es parte de lo bueno de vivir en San Fabián. Pero debemos mejorar mucho para convertirnos en una atracción turística que nos reditúe una forma de vida sustentable en el tiempo. Debemos mirarnos en el espejo críticamente, con humildad, y mejorar todo lo malo que tanto envenena nuestra convivencia y que mantiene a los turistas a cierta distancia mirándonos con sospecha y no poca molestia.

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